¿Qué es realmente el Derecho y qué significa afirmar que la justicia consiste en «dar a cada uno lo suyo»? El Derecho nace allí donde existe algo que pertenece o corresponde justamente a una persona: un bien, un derecho, una función, una competencia, una responsabilidad o una garantía que debe ser reconocida y respetada. Por eso, conocer el Derecho no consiste solo en saber leyes, sino en aprender a determinar qué es lo justo en cada situación concreta. En este artículo veremos qué relación existe entre derecho, justicia y «lo suyo de cada uno», cuál es la verdadera tarea del jurista y por qué también el Derecho Canónico protege a los fieles frente a la arbitrariedad dentro de la Iglesia.
¿Qué
es el Derecho?: Dar a cada uno lo suyo
No preguntamos
ahora por qué existen tantos formularios, sellos, plazos y ventanillas, asunto
que quizá algún día merezca un tratado aparte, con acompañamiento espiritual
incluido. La pregunta es más profunda: ¿Por qué la vida humana necesita
Derecho?
La respuesta de
Javier Hervada es tan sencilla como seria: El Derecho existe porque hay algo
que corresponde a cada uno. Hay algo mío, algo tuyo, algo suyo. Hay bienes,
cargos, funciones, responsabilidades, derechos, deberes, límites y competencias
que no pueden quedar flotando en el aire.
Porque cuando
nadie sabe qué le corresponde a cada cual, la convivencia no se vuelve más
libre. Se vuelve más peligrosa. Y, normalmente, cuando todo queda sin ordenar,
no gana el más justo: gana el más fuerte.
El
Derecho empieza donde aparece “lo suyo”
El punto de
partida es muy concreto. El Derecho no nace primero en los códigos, ni en los
tribunales, ni en los despachos llenos de libros. Nace antes, en una
experiencia humana elemental: Hay cosas que son de alguien o corresponden a
alguien.
Un salario debido.
Una deuda que debe pagarse. Una herencia que corresponde a unos herederos. Una
autoridad que tiene unas competencias, pero no todas. Un ciudadano que no puede
ser tratado arbitrariamente. Un fiel que conserva sus derechos dentro de la Iglesia.
Un sacramento que debe ser custodiado con seriedad.
Ahí aparece el Derecho; cuando existe algo
que debe ser reconocido, respetado, entregado, protegido o restituido.
Por eso, una
frase resume muy bien todo este planteamiento: El Derecho empieza donde
aparece lo suyo de alguien.
Saber
Derecho es saber hacer justicia concreta
Hervada insiste en
que el Derecho es una ciencia práctica. Pero conviene entender bien esta
palabra. “Práctico” no significa simplemente útil para aprobar un examen,
preparar un recurso o sobrevivir a una mañana de trámites administrativos sin
perder la paz interior.
Una ciencia
práctica es un saber que enseña a hacer algo. Una cosa es saber mucho sobre
pintura y otra saber pintar. Una cosa es comentar un partido desde el sofá y
otra bajar al campo, correr, decidir y meter el pase bueno. Del mismo modo, una
cosa es conocer leyes, sentencias y doctrinas; y otra, más fina y exigente, es saber
determinar qué es lo justo en un caso concreto.
El jurista no es
una enciclopedia con zapatos. Necesita saber, estudiar, leer y conocer normas,
por supuesto. Pero su oficio no termina ahí. Su tarea consiste en mirar una
situación real y preguntarse: ¿Qué corresponde a esta persona?, ¿qué se le
debe?, ¿qué se ha vulnerado?, ¿qué debe protegerse?, ¿qué hay que restituir?
Eso es el arte del
Derecho: Determinar lo justo.
La
justicia no es una nube dorada
La palabra “justicia”
tiene mucho prestigio. Aparece en discursos solemnes, campañas electorales,
pancartas, manifiestos y conversaciones de sobremesa cuando la cosa se pone
seria. Pero Hervada nos ayuda a bajar la justicia a tierra.
La justicia
jurídica no es una nube dorada reservada para grandes ideales. Es algo mucho
más concreto. Justicia es pagar lo que se debe. Cumplir lo prometido.
Respetar un contrato. Reconocer una competencia legítima. No ocupar lo que
corresponde a otro. No abusar de quien está en situación débil. No dejar
indefensa a una persona ante una decisión injusta.
El jurista no puede quedarse en decir: “Hay
que ser justos”. Eso está muy bien, pero todavía no basta. El jurista tiene
que dar un paso más: En esta situación, con estos hechos, estas personas y
estos títulos, ¿qué es exactamente lo justo? Ahí la justicia deja de ser
una palabra bonita y se convierte en tarea.
Lo
suyo, lo justo y el derecho
Aquí está el
centro del asunto: Lo suyo, lo justo y el derecho son tres modos de nombrar
una misma realidad.
“Lo suyo”
indica que algo pertenece o corresponde a alguien.
“Lo justo”
indica que eso debe ser reconocido, respetado o entregado.
“El derecho”
nombra esa realidad debida: aquello que una persona puede reclamar porque le
corresponde.
Dicho de manera
sencilla:
El derecho de alguien es lo justo que debe recibir porque es suyo.
Esto cambia mucho
la forma de entender el Derecho. El jurista no está para dar a cada uno lo que
le apetece, lo que grita con más fuerza, lo que le conviene políticamente o lo
que resulta más simpático. Tampoco está para dar lo menos posible, como si la justicia
fuera una rebaja de temporada.
El jurista está
para reconocer y declarar lo que corresponde a cada uno; ni menos ni más.
El
arte del Derecho nace cuando hay que discernir
Si todo fuera
evidente, quizá harían falta menos juristas. Pero la vida humana, como todos
sabemos por experiencia abundante, no suele venir con instrucciones claras,
letra grande y garantía de fábrica.
A veces hay dudas.
A veces hay conflictos. A veces dos personas reclaman lo mismo. A veces una
autoridad se excede. A veces alguien no cumple lo prometido. A veces una
persona débil no sabe defender lo que le corresponde.
Ahí nace el arte
del Derecho:
En la necesidad de discernir, con prudencia y rigor, qué es lo suyo de cada
uno.
Cuando un juez
dicta sentencia, no está llamado a pronunciar un discurso sobre la felicidad
universal. Su tarea es más precisa: Decir si una deuda debe pagarse, si
una herencia corresponde a una persona, si existe un derecho de paso, si una
competencia ha sido invadida o si alguien ha sufrido una lesión injusta.
Y lo mismo, cada
uno en su ámbito, hacen otros juristas: el abogado, el notario, el asesor, el
profesor, el canonista. Todos trabajan sobre una pregunta común: ¿Qué
corresponde realmente a cada uno?
El
Derecho no nace solo de la escasez
Podríamos pensar
que el Derecho existe porque los bienes son escasos. Como no hay para todos,
hay que repartir. Esta idea tiene algo de verdad, pero se queda corta.
El Derecho no nace
solo porque haya poco. Nace porque la vida humana necesita atribución.
Incluso si hubiera abundancia, seguiría siendo necesario saber quién usa qué,
quién responde de qué, quién puede decidir sobre qué, qué función corresponde a
cada uno y qué límites no deben cruzarse.
Imaginemos que
hubiera coches de sobra para todos, pero ninguno estuviera asignado a nadie.
Cualquiera podría coger cualquier coche, abrir cualquier maletero, llevarse
cualquier maleta y decir tranquilamente: “Total, hay muchos”. Eso no
sería libertad; sería un caos con ruedas.
La razón es
sencilla:
El ser humano es finito, vive en el espacio y en el tiempo, y la convivencia
exige distribuir bienes, usos, funciones, cargas y responsabilidades.
No todos pueden
ocupar el mismo lugar al mismo tiempo. No todos pueden ejercer la misma
autoridad. No todos pueden disponer de la misma cosa. No todos tienen la misma
función. La vida social necesita reparto. Y cuando hay reparto, hace falta
justicia.
También
lo común necesita orden
Un ejemplo muy
sencillo lo muestra bien. Un banco en la calle es público. No pertenece
privadamente a quien se sienta en él. Pero si una persona está sentada
tranquilamente, otro no puede llegar, empujarla y decir: “Como es público,
ahora me siento yo”.
Aunque el banco sea común, ese uso
concreto corresponde en ese momento a quien lo ocupa legítimamente. Es algo
suyo de manera limitada, temporal y modesta, pero real.
Esto enseña mucho.
El Derecho no aparece solo en grandes contratos, herencias complicadas o
pleitos interminables. Aparece también en lo pequeño; en respetar un turno, un
espacio, una función, una palabra dada, una responsabilidad asumida.
Cuando esas cosas
se respetan, casi no se nota el Derecho. Cuando se rompen, lo echamos muchísimo
de menos.
El
derecho canónico: Justicia dentro de la Iglesia
Todo esto ilumina
de manera especial el derecho canónico. También en la Iglesia hay “lo suyo
de cada uno”. Y conviene decirlo sin miedo: La comunión eclesial no se
construye atropellando derechos, ignorando deberes o improvisando decisiones
arbitrarias.
Un fiel tiene
derechos y deberes. Un párroco tiene competencias concretas. Un Obispo posee
potestad propia, pero también debe ejercerla conforme al Derecho. Un Tribunal Eclesiástico
debe respetar garantías. Un expediente matrimonial exige verdad y diligencia.
Un proceso penal canónico no puede tratar a las personas como si fueran piezas
movibles. La administración de bienes eclesiásticos no puede depender de
ocurrencias o simpatías.
El canonista no
está para complicar la pastoral. Tampoco es ese personaje que aparece en el
momento más inoportuno para decir, con voz fúnebre: “Eso no se puede”.
Bien entendido, el canonista ayuda a que la vida de la Iglesia sea más
justa, más ordenada y más fiel a su misión.
El derecho
canónico protege bienes muy delicados, tales como, por ejemplo, la comunión,
los sacramentos, los derechos de los fieles, la responsabilidad de la
autoridad, la verdad de los actos jurídicos y las garantías de los
procedimientos.
Por eso, el
derecho canónico no enfría la pastoral; la libra de la arbitrariedad.
Caridad
y justicia no son enemigas
A veces se piensa
que cuanto menos Derecho haya en la Iglesia, más pastoral será todo. Suena
bonito, pero es peligroso. Porque una pastoral sin justicia puede parecer
cercana en las formas y, sin embargo, ser injusta en los hechos.
La caridad
verdadera no necesita pisar derechos para ser eficaz. No necesita saltarse
garantías para parecer rápida. No necesita convertir la autoridad en puro
voluntarismo. Al contrario: la caridad necesita cauces justos para no
convertirse en arbitrariedad con buenas palabras.
Donde se respeta
lo suyo de cada uno, la comunión respira mejor. Donde se ignora, aparecen
heridas, abusos, desconfianza y sufrimiento.
Un
artículo de primera necesidad
El Derecho no es
un lujo de especialistas ni una afición de personas que disfrutan demasiado con
los códigos. El Derecho es una necesidad básica de toda comunidad humana.
Sin Derecho, nadie
sabe qué le corresponde. Sin Derecho, las funciones se invaden. Sin Derecho, la
autoridad pierde límites. Sin Derecho, los débiles quedan sin garantías. Sin
Derecho, lo común se convierte fácilmente en terreno de conquista.
Y cuando nadie
sabe qué es suyo, acaba mandando la fuerza.
Por eso el Derecho
existe para algo profundamente humano: Para que cada persona pueda recibir,
conservar y reclamar lo que justamente le corresponde.
La gran pregunta
del jurista es sencilla, pero exigente: ¿Qué es lo justo aquí y ahora?
Responderla bien
exige estudio, prudencia, honradez y sentido de la realidad. Pero cuando se
responde bien, el Derecho deja de parecer una maquinaria fría y se muestra como
lo que verdaderamente es: Un arte práctico al servicio de la justicia y de
la vida común.
Escucha aquí el episodio completo:
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