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sábado, 4 de julio de 2026

¿Qué es el Derecho?: Dar a cada uno lo suyo

 ¿Qué es realmente el Derecho y qué significa afirmar que la justicia consiste en «dar a cada uno lo suyo»? El Derecho nace allí donde existe algo que pertenece o corresponde justamente a una persona: un bien, un derecho, una función, una competencia, una responsabilidad o una garantía que debe ser reconocida y respetada. Por eso, conocer el Derecho no consiste solo en saber leyes, sino en aprender a determinar qué es lo justo en cada situación concreta. En este artículo veremos qué relación existe entre derecho, justicia y «lo suyo de cada uno», cuál es la verdadera tarea del jurista y por qué también el Derecho Canónico protege a los fieles frente a la arbitrariedad dentro de la Iglesia.

¿Qué es el Derecho?: Dar a cada uno lo suyo

        Hay preguntas que parecen de manual, pero que terminan metiéndose en la cocina de la vida diaria. Una de ellas es esta: ¿Por qué existe el Derecho?

No preguntamos ahora por qué existen tantos formularios, sellos, plazos y ventanillas, asunto que quizá algún día merezca un tratado aparte, con acompañamiento espiritual incluido. La pregunta es más profunda: ¿Por qué la vida humana necesita Derecho?

La respuesta de Javier Hervada es tan sencilla como seria: El Derecho existe porque hay algo que corresponde a cada uno. Hay algo mío, algo tuyo, algo suyo. Hay bienes, cargos, funciones, responsabilidades, derechos, deberes, límites y competencias que no pueden quedar flotando en el aire.

Porque cuando nadie sabe qué le corresponde a cada cual, la convivencia no se vuelve más libre. Se vuelve más peligrosa. Y, normalmente, cuando todo queda sin ordenar, no gana el más justo: gana el más fuerte.

El Derecho empieza donde aparece “lo suyo”

El punto de partida es muy concreto. El Derecho no nace primero en los códigos, ni en los tribunales, ni en los despachos llenos de libros. Nace antes, en una experiencia humana elemental: Hay cosas que son de alguien o corresponden a alguien.

Un salario debido. Una deuda que debe pagarse. Una herencia que corresponde a unos herederos. Una autoridad que tiene unas competencias, pero no todas. Un ciudadano que no puede ser tratado arbitrariamente. Un fiel que conserva sus derechos dentro de la Iglesia. Un sacramento que debe ser custodiado con seriedad.

Ahí aparece el Derecho; cuando existe algo que debe ser reconocido, respetado, entregado, protegido o restituido.

Por eso, una frase resume muy bien todo este planteamiento: El Derecho empieza donde aparece lo suyo de alguien.

Saber Derecho es saber hacer justicia concreta

Hervada insiste en que el Derecho es una ciencia práctica. Pero conviene entender bien esta palabra. “Práctico” no significa simplemente útil para aprobar un examen, preparar un recurso o sobrevivir a una mañana de trámites administrativos sin perder la paz interior.

Una ciencia práctica es un saber que enseña a hacer algo. Una cosa es saber mucho sobre pintura y otra saber pintar. Una cosa es comentar un partido desde el sofá y otra bajar al campo, correr, decidir y meter el pase bueno. Del mismo modo, una cosa es conocer leyes, sentencias y doctrinas; y otra, más fina y exigente, es saber determinar qué es lo justo en un caso concreto.

El jurista no es una enciclopedia con zapatos. Necesita saber, estudiar, leer y conocer normas, por supuesto. Pero su oficio no termina ahí. Su tarea consiste en mirar una situación real y preguntarse: ¿Qué corresponde a esta persona?, ¿qué se le debe?, ¿qué se ha vulnerado?, ¿qué debe protegerse?, ¿qué hay que restituir?

Eso es el arte del Derecho: Determinar lo justo.

La justicia no es una nube dorada

La palabra “justicia” tiene mucho prestigio. Aparece en discursos solemnes, campañas electorales, pancartas, manifiestos y conversaciones de sobremesa cuando la cosa se pone seria. Pero Hervada nos ayuda a bajar la justicia a tierra.

La justicia jurídica no es una nube dorada reservada para grandes ideales. Es algo mucho más concreto. Justicia es pagar lo que se debe. Cumplir lo prometido. Respetar un contrato. Reconocer una competencia legítima. No ocupar lo que corresponde a otro. No abusar de quien está en situación débil. No dejar indefensa a una persona ante una decisión injusta.

El jurista no puede quedarse en decir: “Hay que ser justos”. Eso está muy bien, pero todavía no basta. El jurista tiene que dar un paso más: En esta situación, con estos hechos, estas personas y estos títulos, ¿qué es exactamente lo justo? Ahí la justicia deja de ser una palabra bonita y se convierte en tarea.

Lo suyo, lo justo y el derecho

Aquí está el centro del asunto: Lo suyo, lo justo y el derecho son tres modos de nombrar una misma realidad.

“Lo suyo” indica que algo pertenece o corresponde a alguien.

“Lo justo” indica que eso debe ser reconocido, respetado o entregado.

“El derecho” nombra esa realidad debida: aquello que una persona puede reclamar porque le corresponde.

Dicho de manera sencilla: El derecho de alguien es lo justo que debe recibir porque es suyo.

Esto cambia mucho la forma de entender el Derecho. El jurista no está para dar a cada uno lo que le apetece, lo que grita con más fuerza, lo que le conviene políticamente o lo que resulta más simpático. Tampoco está para dar lo menos posible, como si la justicia fuera una rebaja de temporada.

El jurista está para reconocer y declarar lo que corresponde a cada uno; ni menos ni más.

El arte del Derecho nace cuando hay que discernir

Si todo fuera evidente, quizá harían falta menos juristas. Pero la vida humana, como todos sabemos por experiencia abundante, no suele venir con instrucciones claras, letra grande y garantía de fábrica.

A veces hay dudas. A veces hay conflictos. A veces dos personas reclaman lo mismo. A veces una autoridad se excede. A veces alguien no cumple lo prometido. A veces una persona débil no sabe defender lo que le corresponde.

Ahí nace el arte del Derecho: En la necesidad de discernir, con prudencia y rigor, qué es lo suyo de cada uno.

Cuando un juez dicta sentencia, no está llamado a pronunciar un discurso sobre la felicidad universal. Su tarea es más precisa: Decir si una deuda debe pagarse, si una herencia corresponde a una persona, si existe un derecho de paso, si una competencia ha sido invadida o si alguien ha sufrido una lesión injusta.

Y lo mismo, cada uno en su ámbito, hacen otros juristas: el abogado, el notario, el asesor, el profesor, el canonista. Todos trabajan sobre una pregunta común: ¿Qué corresponde realmente a cada uno?

El Derecho no nace solo de la escasez

Podríamos pensar que el Derecho existe porque los bienes son escasos. Como no hay para todos, hay que repartir. Esta idea tiene algo de verdad, pero se queda corta.

El Derecho no nace solo porque haya poco. Nace porque la vida humana necesita atribución. Incluso si hubiera abundancia, seguiría siendo necesario saber quién usa qué, quién responde de qué, quién puede decidir sobre qué, qué función corresponde a cada uno y qué límites no deben cruzarse.

Imaginemos que hubiera coches de sobra para todos, pero ninguno estuviera asignado a nadie. Cualquiera podría coger cualquier coche, abrir cualquier maletero, llevarse cualquier maleta y decir tranquilamente: “Total, hay muchos”. Eso no sería libertad; sería un caos con ruedas.

La razón es sencilla: El ser humano es finito, vive en el espacio y en el tiempo, y la convivencia exige distribuir bienes, usos, funciones, cargas y responsabilidades.

No todos pueden ocupar el mismo lugar al mismo tiempo. No todos pueden ejercer la misma autoridad. No todos pueden disponer de la misma cosa. No todos tienen la misma función. La vida social necesita reparto. Y cuando hay reparto, hace falta justicia.

También lo común necesita orden

Un ejemplo muy sencillo lo muestra bien. Un banco en la calle es público. No pertenece privadamente a quien se sienta en él. Pero si una persona está sentada tranquilamente, otro no puede llegar, empujarla y decir: “Como es público, ahora me siento yo”.

Aunque el banco sea común, ese uso concreto corresponde en ese momento a quien lo ocupa legítimamente. Es algo suyo de manera limitada, temporal y modesta, pero real.

Esto enseña mucho. El Derecho no aparece solo en grandes contratos, herencias complicadas o pleitos interminables. Aparece también en lo pequeño; en respetar un turno, un espacio, una función, una palabra dada, una responsabilidad asumida.

Cuando esas cosas se respetan, casi no se nota el Derecho. Cuando se rompen, lo echamos muchísimo de menos.

El derecho canónico: Justicia dentro de la Iglesia

Todo esto ilumina de manera especial el derecho canónico. También en la Iglesia hay “lo suyo de cada uno”. Y conviene decirlo sin miedo: La comunión eclesial no se construye atropellando derechos, ignorando deberes o improvisando decisiones arbitrarias.

Un fiel tiene derechos y deberes. Un párroco tiene competencias concretas. Un Obispo posee potestad propia, pero también debe ejercerla conforme al Derecho. Un Tribunal Eclesiástico debe respetar garantías. Un expediente matrimonial exige verdad y diligencia. Un proceso penal canónico no puede tratar a las personas como si fueran piezas movibles. La administración de bienes eclesiásticos no puede depender de ocurrencias o simpatías.

El canonista no está para complicar la pastoral. Tampoco es ese personaje que aparece en el momento más inoportuno para decir, con voz fúnebre: “Eso no se puede”. Bien entendido, el canonista ayuda a que la vida de la Iglesia sea más justa, más ordenada y más fiel a su misión.

El derecho canónico protege bienes muy delicados, tales como, por ejemplo, la comunión, los sacramentos, los derechos de los fieles, la responsabilidad de la autoridad, la verdad de los actos jurídicos y las garantías de los procedimientos.

Por eso, el derecho canónico no enfría la pastoral; la libra de la arbitrariedad.

Caridad y justicia no son enemigas

A veces se piensa que cuanto menos Derecho haya en la Iglesia, más pastoral será todo. Suena bonito, pero es peligroso. Porque una pastoral sin justicia puede parecer cercana en las formas y, sin embargo, ser injusta en los hechos.

La caridad verdadera no necesita pisar derechos para ser eficaz. No necesita saltarse garantías para parecer rápida. No necesita convertir la autoridad en puro voluntarismo. Al contrario: la caridad necesita cauces justos para no convertirse en arbitrariedad con buenas palabras.

Donde se respeta lo suyo de cada uno, la comunión respira mejor. Donde se ignora, aparecen heridas, abusos, desconfianza y sufrimiento.

Un artículo de primera necesidad

El Derecho no es un lujo de especialistas ni una afición de personas que disfrutan demasiado con los códigos. El Derecho es una necesidad básica de toda comunidad humana.

Sin Derecho, nadie sabe qué le corresponde. Sin Derecho, las funciones se invaden. Sin Derecho, la autoridad pierde límites. Sin Derecho, los débiles quedan sin garantías. Sin Derecho, lo común se convierte fácilmente en terreno de conquista.

Y cuando nadie sabe qué es suyo, acaba mandando la fuerza.

Por eso el Derecho existe para algo profundamente humano: Para que cada persona pueda recibir, conservar y reclamar lo que justamente le corresponde.

La gran pregunta del jurista es sencilla, pero exigente: ¿Qué es lo justo aquí y ahora?

Responderla bien exige estudio, prudencia, honradez y sentido de la realidad. Pero cuando se responde bien, el Derecho deja de parecer una maquinaria fría y se muestra como lo que verdaderamente es: Un arte práctico al servicio de la justicia y de la vida común.

Escucha aquí el episodio completo:

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Autor de Derecho Canónico Práctico

Roberto García Villumbrales

Presbítero diocesano de la diócesis de Palencia (España). Licenciado en Derecho Canónico por la Universidad de Navarra, Abogado Rotal y Máster en Derecho Matrimonial y Procesal Canónico por la UNAV. Actualmente es Notario del Tribunal Eclesiástico y Promotor de Justicia.

Este blog nace de una convicción sencilla: el derecho de la Iglesia no es un obstáculo para la vida pastoral, sino una ayuda para vivirla con más justicia, comunión y responsabilidad. En «Derecho Canónico Práctico – Cuaderno de Derecho Canónico» encontrarás recursos claros y prácticos sobre la vida jurídica de la Iglesia: explicaciones de cánones, preguntas frecuentes, guías, audios formativos y materiales de consulta. Está pensado para sacerdotes, agentes de pastoral, estudiantes y personas interesadas en comprender mejor el derecho canónico sin perderse en tecnicismos innecesarios.

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