¿Por qué dos familias
que dicen «estamos en crisis» pueden estar viviendo realidades completamente
distintas y necesitar respuestas también diferentes? Una
crisis familiar no se comprende solo por el problema que aparece a primera
vista. Importa qué ha ocurrido, sobre qué historia sucede, cuánto tiempo
lleva desarrollándose, en qué momento vital se encuentra la familia, desde qué
posición puede decidir cada persona, si existen circunstancias que comprometen
su libertad o seguridad y quiénes más están viviendo las consecuencias.
Esta segunda entrega sobre mediación familiar y crisis matrimoniales
ayuda a distinguir entre crisis evolutivas e inesperadas, alta conflictividad y
violencia, y entre crisis de convivencia, eventual separación y posible
cuestión de nulidad matrimonial. Porque nombrar una crisis no la resuelve,
pero comprenderla bien evita intervenir a ciegas.
Mediación familiar:
No todas las crisis familiares son
iguales
ni necesitan la misma respuesta
SERIE · MEDIACIÓN FAMILIAR
BLOQUE I · COMPRENDER EL CONFLICTO Y DESCUBRIR LA MEDIACIÓN | ENTREGA 2 DE 18
Antes de buscar una solución conviene comprender qué está ocurriendo realmente en esa familia
—Estamos pasando
una crisis.
Es una frase
breve. Quizá demasiado breve para todo lo que puede contener.
Puede decirla un
matrimonio que lleva unos meses agotado desde el nacimiento de su segundo hijo.
Antes encontraban tiempo para hablar, improvisaban algunos planes y se
repartían las tareas con una organización que, más o menos, funcionaba. Ahora
duermen poco, cualquier imprevisto altera el día entero y ambos tienen la
impresión de estar haciendo más de lo que pueden. Discuten por cosas que unos
meses atrás probablemente habrían resuelto sin demasiada dificultad.
También puede
pronunciarla quien acaba de descubrir una infidelidad de su cónyuge. En su
caso, la crisis ha llegado de otra manera. Han aparecido preguntas que hasta
entonces no existían. Hay una confianza herida y una parte de la historia
compartida que uno de los dos comienza a mirar desde un lugar completamente
distinto.
Los dos
matrimonios pueden decir con verdad:
—Estamos en
crisis.
Eso no significa
que estén viviendo la misma crisis.
Si utilizamos una
sola palabra para situaciones muy distintas y pensamos que con ella ya hemos
comprendido lo que sucede, será fácil dar el paso siguiente demasiado pronto:
buscar una solución antes de haber entendido suficientemente el problema.
En la entrega
anterior vimos que la existencia de un conflicto no constituye por sí sola un
veredicto sobre el futuro de una familia. Ahora necesitamos avanzar un poco
más. Saber que existe una crisis tampoco nos dice todavía qué crisis tenemos
delante.
Decir
«estamos en crisis» es solo el comienzo
La palabra puede
ser útil porque señala que algo del equilibrio habitual ha dejado de funcionar.
Tal vez los recursos con los que hasta entonces se afrontaban las dificultades
ya no basten. Quizá haya sucedido algo inesperado. O puede que la familia esté
atravesando un cambio para el que todavía no ha encontrado una nueva manera de
organizarse.
Pero «crisis» no
nos dice cuánto tiempo lleva ocurriendo, qué parte de la convivencia está
principalmente afectada ni cómo ha evolucionado. Tampoco sabemos todavía cómo
pueden hablar entre sí quienes la viven, qué capacidad conservan para tomar
decisiones o quién más está padeciendo sus consecuencias.
Hay matrimonios
capaces de señalar con bastante precisión el momento en que todo cambió. Otros,
cuando intentan reconstruir lo sucedido, descubren que no hubo un día concreto.
Durante bastante tiempo fueron adaptándose, callando pequeñas cosas, renunciando
a algunas conversaciones o acostumbrándose a una forma de vivir que poco a poco
se había vuelto difícil.
Una crisis
familiar se parece menos a una fotografía que a una historia que necesitamos
conocer.
El nacimiento de
un hijo ofrece un ejemplo sencillo. Una pareja puede seguir queriéndose y, sin
embargo, encontrarse viviendo de pronto de una manera para la que su antigua
organización ya no sirve. Hay menos descanso, menos tiempo disponible y más
responsabilidades. Lo que funcionaba cuando eran dos adultos con horarios
relativamente flexibles quizá resulte imposible cuando una parte considerable
del día depende de las necesidades de un niño pequeño.
Algo parecido
ocurre cuando un hijo llega a la adolescencia. Durante años algunas decisiones
correspondían con claridad a los padres. Poco a poco aparece una persona que
reclama más autonomía, mientras ellos continúan teniendo la responsabilidad de
protegerla. No hace falta que nadie haya hecho algo especialmente mal para que
ese cambio genere tensiones.
Podemos hablar en
estos casos de crisis evolutivas o vinculadas a transiciones de la vida
familiar. El nacimiento de los hijos, la adolescencia, la salida de estos
del hogar o el envejecimiento de la propia generación van obligando a reajustar
formas de relación que anteriormente servían.
Otras crisis
llegan sin haber sido esperadas. Una enfermedad grave, la pérdida brusca de un
empleo, una infidelidad o una muerte pueden alterar en poco tiempo una
convivencia organizada hasta entonces de otra manera. Suele hablarse entonces
de crisis no normativas: no porque la familia entera deba recibir una
etiqueta negativa, sino porque aquello que ha precipitado la crisis no
pertenece al desarrollo ordinario y previsible de esa etapa familiar.
La distinción
ayuda, pero no explica por sí sola lo que una familia está viviendo.
Lo
que ocurre importa;
también
la historia sobre la que ocurre
Dos personas
pierden su trabajo en fechas parecidas. En una familia existen algunos ahorros,
una relación que conserva una buena capacidad de apoyo y la posibilidad de
recibir durante un tiempo ayuda de personas cercanas. En otra, el desempleo
llega después de meses de dificultades económicas, discusiones sobre
determinados gastos y una convivencia ya muy tensionada.
El acontecimiento
se parece. Lo que encuentra al llegar es distinto.
Sucede también con
el duelo.
Después de una
pérdida importante, incluso la manera de sufrir puede convertirse en motivo de
incomprensión. Uno necesita hablar continuamente de quien ha muerto; otro
apenas consigue hacerlo. Uno quiere conservar sus cosas durante mucho tiempo;
el otro siente la necesidad de retirarlas pronto. Puede suceder que cada uno
mire al otro y no comprenda cómo está viviendo la misma pérdida de una manera
tan diferente.
No necesariamente
sufre más quien habla más, ni quiere menos quien necesita tomar distancia de
algunos recuerdos. Hay duelos que entran en la vida familiar con ritmos
diferentes y obligan a aprender también a respetar esas diferencias.
Algo parecido
sucede con otras crisis. El hecho concreto importa, pero también importa la
relación y la historia sobre las que ese hecho cae.
Una
crisis no se comprende mirando una sola cosa
Volvamos al
matrimonio que acaba de tener su segundo hijo. Decir que atraviesa una crisis
relacionada con una transición familiar es correcto, pero todavía sabemos poco.
Hay unos hechos:
ha nacido un niño, duermen menos, las tareas se han multiplicado y disponen de
menos tiempo.
Está también la
relación. Quizá ambos conservan una buena capacidad para hablar cuando
consiguen hacerlo sin prisas. O puede que cualquier desacuerdo termine
recuperando cuestiones que ya existían antes del nacimiento.
Importa el momento
de su historia. El mismo cansancio encuentra de manera distinta a una pareja
que llevaba años sintiéndose unida y a otra que ya atravesaba una etapa de
distanciamiento.
Importa asimismo
el tiempo. Una dificultad que apareció hace unas semanas no es lo mismo que una
dinámica que lleva años repitiéndose y a la que se han ido incorporando nuevos
problemas.
Y conviene fijarse
en algo que no siempre resulta visible desde fuera: desde qué
posición puede participar cada persona en las decisiones.
Dos adultos pueden
tener formalmente la misma posibilidad de expresar una opinión y, sin embargo,
vivir circunstancias muy diferentes. Uno puede depender económicamente del
otro; una persona puede necesitar cuidados que la otra presta; determinada
decisión puede tener consecuencias mucho más gravosas para uno que para otro.
Ninguna de estas circunstancias permite concluir por sí sola que alguien esté
siendo coaccionado. Sí nos recuerda que la libertad real de una persona no
puede darse simplemente por supuesta porque formalmente pueda decir «sí» o
«no».
También hay que
mirar la seguridad. Una conversación difícil entre personas que discrepan
intensamente no es lo mismo que una situación en la que alguien evita hablar
porque teme las consecuencias de contradecir al otro.
Y queda otra
pregunta: quién más está viviendo aquello. En una crisis matrimonial pueden
estar afectados los hijos; en otras situaciones, unos padres ancianos o algún
familiar dependiente.
Hechos, relación,
momento vital, duración, manera de decidir, seguridad y personas afectadas no
constituyen siete crisis diferentes. Son distintas dimensiones de una misma
historia que conviene mirar antes de decidir qué clase de ayuda puede ser
necesaria.
Eso explica por
qué una dificultad puede tener al mismo tiempo un componente económico,
organizativo, conyugal o parental. Un cambio laboral modifica los ingresos y
también los horarios. La nueva organización altera el reparto de tareas. El
cansancio influye en la forma de hablar y las discusiones entre los esposos
pueden terminar afectando a los hijos.
Las categorías
sirven para ordenar la realidad. La realidad casi nunca viene ya ordenada.
Saber
dónde aparece el problema
no
es todavía saber por qué existe
Un matrimonio
discute continuamente por dinero.
Es razonable
advertir una dimensión económica importante. Pero eso no explica aún cómo han
llegado hasta ahí.
Puede haber
disminuido el ingreso familiar. Los dos pueden tener formas distintas de
entender el ahorro. Quizá uno haya tomado decisiones relevantes sin contar
suficientemente con el otro. O tal vez el dinero se haya convertido con el
tiempo en el lugar donde terminan apareciendo preguntas de otra clase: quién
decide, quién renuncia, qué proyectos tienen prioridad o cuánto cuenta la
opinión de cada uno.
Una cosa es dónde
se manifiesta principalmente la dificultad. Otra, más difícil de
reconstruir, es por qué ha llegado a producirse.
La distinción
resulta especialmente importante cuando existe un acontecimiento que parece
haberlo cambiado todo.
«Todo empezó
cuando cambió de trabajo».
«Desde aquella
discusión ya nada fue igual».
«El problema
comenzó cuando descubrí la infidelidad».
Puede ser
exactamente así. Hay acontecimientos que provocan un cambio real y no tendría
sentido quitarles importancia buscando obligatoriamente una explicación
anterior.
Pero también puede
suceder que ese hecho encuentre problemas que ya estaban presentes y que, a
partir de entonces, resulten mucho más difíciles de ignorar. En ocasiones el
último acontecimiento provoca la crisis; en otras la hace visible. Las dos
cosas pueden ocurrir a la vez.
Reconstruir la
historia no consiste en buscar obsesivamente causas ocultas. Consiste en evitar
que el acontecimiento más reciente acabe convirtiéndose, sin suficiente
fundamento, en la explicación de todo.
Hay
conflictos que van acumulando historia
Una pareja empieza
discutiendo por una cuestión bastante concreta. Como hablar de ella resulta
incómodo, la deja para más adelante. Algún tiempo después surge otro problema.
El primero no llegó a resolverse y comienza a mezclarse con el segundo. Cada
nueva diferencia despierta algo de las anteriores.
Llega un día en
que alguien responde ante un hecho pequeño con una intensidad que al otro le
resulta difícil comprender.
—No puedo más.
Visto únicamente
desde aquella tarde, quizá parezca una reacción desproporcionada. Pero esa
persona puede estar respondiendo a bastante más que a lo sucedido unos minutos
antes.
Por eso importa
saber cuánto tiempo lleva desarrollándose una dificultad, si se mantiene de
manera semejante o está aumentando y si todavía es posible hablar de los
diferentes problemas por separado. Cuando cada conversación acaba convocando a
todas las anteriores, resulta cada vez más difícil saber qué se está intentando
resolver.
La duración
tampoco proporciona por sí sola una medida exacta de la gravedad. Una situación
que comenzó ayer puede exigir mucha más atención que otra que lleva meses. El
tiempo ayuda a comprender; no sustituye el juicio sobre lo que realmente está
ocurriendo.
Y lo mismo sucede
con la cantidad de discusiones.
Discutir
mucho y vivir con miedo
no
son la misma realidad
Hay familias en
las que las discusiones son frecuentes, intensas y agotadoras. Eso puede
producir un deterioro serio de la convivencia. Pero la existencia de una alta
conflictividad no permite concluir automáticamente que exista violencia.
Tampoco debemos
hacer lo contrario: llamar simplemente «conflicto de pareja» a una
situación en la que el miedo, la coacción o determinadas formas de control
pueden estar condicionando seriamente la libertad de una persona.
No son realidades
equivalentes.
Esta diferencia
importa porque la cantidad de conflicto visible no nos dice, por sí sola, desde
qué posición está hablando cada persona. Cuando aparecen elementos que pueden
comprometer la libertad o la seguridad, decir simplemente «tenemos muchos
conflictos» deja de describir suficientemente lo que sucede y se hace
necesaria una valoración adecuada antes de escoger una intervención.
No necesitamos ir
más lejos en esta entrega. Más adelante podremos estudiar cuándo determinadas
circunstancias hacen inadecuada la mediación. Por ahora basta con conservar la
distinción: alta conflictividad y violencia pueden coexistir, pero no son
sinónimas.
Hay
otras personas que también están viviendo esa crisis
Una discusión
entre dos esposos puede parecer, en principio, asunto de dos.
Sin embargo, la
vida familiar está formada por relaciones que permanecen conectadas entre sí.
Algunos hijos
comienzan a advertir cuándo es mejor no preguntar ciertas cosas. Otros perciben
la tensión aunque los adultos crean estar manteniéndola al margen de ellos. A
veces terminan transmitiendo mensajes de un progenitor a otro o sintiendo, sin
que nadie se lo haya pedido expresamente, que deberían tomar partido.
No hace falta que
suceda algo tan visible. Puede bastar con vivir durante meses en una casa en la
que todos conocen, aunque nadie lo diga, los asuntos que conviene no tocar.
En otras familias
la crisis afecta a unos padres mayores o a una persona dependiente cuyas
necesidades están directamente relacionadas con las decisiones que los demás
intentan tomar. Dos hermanos pueden discutir durante semanas sobre cómo
organizar unos cuidados y olvidar, entre tantas conversaciones sobre horarios,
dinero y responsabilidades, que hay una persona concreta cuya vida depende en
buena parte de aquellas decisiones.
Comprender una
crisis exige, por tanto, no mirar solamente a quienes protagonizan de manera
más visible el desacuerdo. También importa saber quién está viviendo sus
consecuencias.
Eso no significa
entregar a los hijos o a otros familiares la responsabilidad de resolver el
problema. Precisamente significa evitarlo. Un menor no debe convertirse en
árbitro, mensajero ni responsable de las decisiones que corresponden a los
adultos.
Las
categorías ayudan cuando
no
se convierten en etiquetas
Podemos hablar de
dificultades circunstanciales, de problemas que se concentran especialmente en
la comunicación, de crisis organizativas o económicas, de conflictos
conyugales, parentales o intergeneracionales, y de crisis vinculadas al duelo o
a transiciones importantes de la vida.
Estas palabras
pueden resultar útiles. Permiten ordenar una realidad que al principio se
presenta de manera confusa.
Pero ninguna
constituye por sí misma un diagnóstico.
Decir «tenemos
un problema de comunicación» puede señalar algo verdadero y, sin embargo,
no explicar todavía por qué dos personas han dejado de escucharse.
Hablar de «crisis
económica» identifica un ámbito importante, pero no cuenta todavía qué ha
hecho ese problema con la relación.
Incluso «crisis
matrimonial» puede contener historias profundamente diferentes.
Una clasificación
resulta útil cuando ayuda a formular preguntas mejores. Se vuelve engañosa
cuando nos permite creer que, por haber encontrado una etiqueta, ya hemos
comprendido a las personas.
Por eso no
necesitamos terminar esta entrega con un test que diga qué tipo de crisis
atraviesa cada familia. La pregunta más prudente es otra: ¿Qué
sabemos realmente de esta situación y qué necesitamos todavía comprender antes
de decidir cómo intervenir?
Una
distinción breve desde el Derecho canónico
También en el
ámbito canónico resulta necesario mantener separados problemas que pueden
aparecer juntos, pero que no responden a la misma pregunta.
Una crisis de
convivencia, una posible separación permaneciendo el vínculo y una
eventual cuestión sobre la validez del matrimonio no son equivalentes.
El Código de
Derecho Canónico (CIC) contempla determinadas causas que pueden legitimar
la separación de los esposos permaneciendo el vínculo. De ahí no se sigue que
cualquier crisis matrimonial constituya ya una causa canónica de separación:
deben atenderse las circunstancias concretas y las condiciones establecidas por
el propio Derecho.
Tampoco una crisis
posterior, por grave que llegue a ser, demuestra por sí sola que el matrimonio
fuera inválido desde su celebración. La declaración de nulidad plantea una
cuestión diferente: si aquel matrimonio fue válidamente constituido.
Puede suceder que
durante una crisis aparezcan hechos que hagan razonable estudiar jurídicamente
esa cuestión. Pero una realidad no se deduce automáticamente de la otra.
No necesitamos ir
más lejos por ahora. La respuesta del Derecho canónico ante las crisis
matrimoniales tendrá su lugar propio más adelante.
En esta entrega
basta conservar tres planos distintos: crisis de convivencia, eventual
separación y posible cuestión sobre la validez del matrimonio.
Antes
de intervenir
Volvamos a los dos
matrimonios del comienzo.
En el primero ha
nacido un hijo. Es posible que buena parte de lo que están viviendo tenga que
ver con haber cambiado profundamente su vida sin haber encontrado todavía otra
forma de organizarla. Pero no conocemos lo suficiente para afirmar que ahí
termine toda la explicación.
En el segundo ha
aparecido una infidelidad. Existe un hecho concreto que no puede diluirse en
una explicación genérica sobre dificultades de comunicación. También allí habrá
que comprender qué ocurrió, cómo ha sido vivido y qué consecuencias ha tenido.
Decir que ambos
matrimonios están en crisis era correcto.
Pensar que esa
palabra nos permitía saber ya qué necesita cada uno habría sido precipitado.
Podemos acercarnos
ahora a una crisis con algo más de cuidado: conocer los hechos y la historia
sobre la que han ocurrido; observar dónde se manifiestan principalmente las
dificultades y cuánto tiempo llevan desarrollándose; advertir desde qué
posición puede hablar y decidir cada persona; prestar atención a cualquier
circunstancia que pueda comprometer su libertad o seguridad; y no olvidar a
quienes, sin encontrarse en el centro del conflicto, están viviendo sus
efectos.
No es todavía una
respuesta.
Es una manera de
mirar antes de responder.
Nombrar bien la
crisis no la resuelve, pero evita intervenir a ciegas.
Y una vez que
hemos aprendido a no utilizar la palabra «crisis» como si explicara por sí sola
lo que sucede, podemos formular con sentido la siguiente pregunta:
¿Qué es realmente
la mediación familiar?
Próxima entrega
¿Qué es realmente
la mediación familiar?
En la Entrega 3
veremos qué convierte una conversación ayudada por un tercero en una verdadera
mediación, qué hace —y qué no hace— el mediador y por qué las decisiones
continúan perteneciendo a las personas que participan.

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