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viernes, 4 de septiembre de 2026

Mediación familiar: No todas las crisis familiares son iguales ni necesitan la misma respuesta.

¿Por qué dos familias que dicen «estamos en crisis» pueden estar viviendo realidades completamente distintas y necesitar respuestas también diferentes? Una crisis familiar no se comprende solo por el problema que aparece a primera vista. Importa qué ha ocurrido, sobre qué historia sucede, cuánto tiempo lleva desarrollándose, en qué momento vital se encuentra la familia, desde qué posición puede decidir cada persona, si existen circunstancias que comprometen su libertad o seguridad y quiénes más están viviendo las consecuencias. Esta segunda entrega sobre mediación familiar y crisis matrimoniales ayuda a distinguir entre crisis evolutivas e inesperadas, alta conflictividad y violencia, y entre crisis de convivencia, eventual separación y posible cuestión de nulidad matrimonial. Porque nombrar una crisis no la resuelve, pero comprenderla bien evita intervenir a ciegas.

Mediación familiar:

No todas las crisis familiares son iguales

ni necesitan la misma respuesta

  SERIE · MEDIACIÓN FAMILIAR

BLOQUE I · COMPRENDER EL CONFLICTO Y DESCUBRIR LA MEDIACIÓN | ENTREGA 2 DE 18

 Antes de buscar una solución conviene comprender qué está ocurriendo realmente en esa familia  

—Estamos pasando una crisis.

Es una frase breve. Quizá demasiado breve para todo lo que puede contener.

Puede decirla un matrimonio que lleva unos meses agotado desde el nacimiento de su segundo hijo. Antes encontraban tiempo para hablar, improvisaban algunos planes y se repartían las tareas con una organización que, más o menos, funcionaba. Ahora duermen poco, cualquier imprevisto altera el día entero y ambos tienen la impresión de estar haciendo más de lo que pueden. Discuten por cosas que unos meses atrás probablemente habrían resuelto sin demasiada dificultad.

También puede pronunciarla quien acaba de descubrir una infidelidad de su cónyuge. En su caso, la crisis ha llegado de otra manera. Han aparecido preguntas que hasta entonces no existían. Hay una confianza herida y una parte de la historia compartida que uno de los dos comienza a mirar desde un lugar completamente distinto.

Los dos matrimonios pueden decir con verdad:

—Estamos en crisis.

Eso no significa que estén viviendo la misma crisis.

Si utilizamos una sola palabra para situaciones muy distintas y pensamos que con ella ya hemos comprendido lo que sucede, será fácil dar el paso siguiente demasiado pronto: buscar una solución antes de haber entendido suficientemente el problema.

En la entrega anterior vimos que la existencia de un conflicto no constituye por sí sola un veredicto sobre el futuro de una familia. Ahora necesitamos avanzar un poco más. Saber que existe una crisis tampoco nos dice todavía qué crisis tenemos delante.

Decir «estamos en crisis» es solo el comienzo

La palabra puede ser útil porque señala que algo del equilibrio habitual ha dejado de funcionar. Tal vez los recursos con los que hasta entonces se afrontaban las dificultades ya no basten. Quizá haya sucedido algo inesperado. O puede que la familia esté atravesando un cambio para el que todavía no ha encontrado una nueva manera de organizarse.

Pero «crisis» no nos dice cuánto tiempo lleva ocurriendo, qué parte de la convivencia está principalmente afectada ni cómo ha evolucionado. Tampoco sabemos todavía cómo pueden hablar entre sí quienes la viven, qué capacidad conservan para tomar decisiones o quién más está padeciendo sus consecuencias.

Hay matrimonios capaces de señalar con bastante precisión el momento en que todo cambió. Otros, cuando intentan reconstruir lo sucedido, descubren que no hubo un día concreto. Durante bastante tiempo fueron adaptándose, callando pequeñas cosas, renunciando a algunas conversaciones o acostumbrándose a una forma de vivir que poco a poco se había vuelto difícil.

Una crisis familiar se parece menos a una fotografía que a una historia que necesitamos conocer.

El nacimiento de un hijo ofrece un ejemplo sencillo. Una pareja puede seguir queriéndose y, sin embargo, encontrarse viviendo de pronto de una manera para la que su antigua organización ya no sirve. Hay menos descanso, menos tiempo disponible y más responsabilidades. Lo que funcionaba cuando eran dos adultos con horarios relativamente flexibles quizá resulte imposible cuando una parte considerable del día depende de las necesidades de un niño pequeño.

Algo parecido ocurre cuando un hijo llega a la adolescencia. Durante años algunas decisiones correspondían con claridad a los padres. Poco a poco aparece una persona que reclama más autonomía, mientras ellos continúan teniendo la responsabilidad de protegerla. No hace falta que nadie haya hecho algo especialmente mal para que ese cambio genere tensiones.

Podemos hablar en estos casos de crisis evolutivas o vinculadas a transiciones de la vida familiar. El nacimiento de los hijos, la adolescencia, la salida de estos del hogar o el envejecimiento de la propia generación van obligando a reajustar formas de relación que anteriormente servían.

Otras crisis llegan sin haber sido esperadas. Una enfermedad grave, la pérdida brusca de un empleo, una infidelidad o una muerte pueden alterar en poco tiempo una convivencia organizada hasta entonces de otra manera. Suele hablarse entonces de crisis no normativas: no porque la familia entera deba recibir una etiqueta negativa, sino porque aquello que ha precipitado la crisis no pertenece al desarrollo ordinario y previsible de esa etapa familiar.

La distinción ayuda, pero no explica por sí sola lo que una familia está viviendo.

Lo que ocurre importa;

también la historia sobre la que ocurre

Dos personas pierden su trabajo en fechas parecidas. En una familia existen algunos ahorros, una relación que conserva una buena capacidad de apoyo y la posibilidad de recibir durante un tiempo ayuda de personas cercanas. En otra, el desempleo llega después de meses de dificultades económicas, discusiones sobre determinados gastos y una convivencia ya muy tensionada.

El acontecimiento se parece. Lo que encuentra al llegar es distinto.

Sucede también con el duelo.

Después de una pérdida importante, incluso la manera de sufrir puede convertirse en motivo de incomprensión. Uno necesita hablar continuamente de quien ha muerto; otro apenas consigue hacerlo. Uno quiere conservar sus cosas durante mucho tiempo; el otro siente la necesidad de retirarlas pronto. Puede suceder que cada uno mire al otro y no comprenda cómo está viviendo la misma pérdida de una manera tan diferente.

No necesariamente sufre más quien habla más, ni quiere menos quien necesita tomar distancia de algunos recuerdos. Hay duelos que entran en la vida familiar con ritmos diferentes y obligan a aprender también a respetar esas diferencias.

Algo parecido sucede con otras crisis. El hecho concreto importa, pero también importa la relación y la historia sobre las que ese hecho cae.

Una crisis no se comprende mirando una sola cosa

Volvamos al matrimonio que acaba de tener su segundo hijo. Decir que atraviesa una crisis relacionada con una transición familiar es correcto, pero todavía sabemos poco.

Hay unos hechos: ha nacido un niño, duermen menos, las tareas se han multiplicado y disponen de menos tiempo.

Está también la relación. Quizá ambos conservan una buena capacidad para hablar cuando consiguen hacerlo sin prisas. O puede que cualquier desacuerdo termine recuperando cuestiones que ya existían antes del nacimiento.

Importa el momento de su historia. El mismo cansancio encuentra de manera distinta a una pareja que llevaba años sintiéndose unida y a otra que ya atravesaba una etapa de distanciamiento.

Importa asimismo el tiempo. Una dificultad que apareció hace unas semanas no es lo mismo que una dinámica que lleva años repitiéndose y a la que se han ido incorporando nuevos problemas.

Y conviene fijarse en algo que no siempre resulta visible desde fuera: desde qué posición puede participar cada persona en las decisiones.

Dos adultos pueden tener formalmente la misma posibilidad de expresar una opinión y, sin embargo, vivir circunstancias muy diferentes. Uno puede depender económicamente del otro; una persona puede necesitar cuidados que la otra presta; determinada decisión puede tener consecuencias mucho más gravosas para uno que para otro. Ninguna de estas circunstancias permite concluir por sí sola que alguien esté siendo coaccionado. Sí nos recuerda que la libertad real de una persona no puede darse simplemente por supuesta porque formalmente pueda decir «sí» o «no».

También hay que mirar la seguridad. Una conversación difícil entre personas que discrepan intensamente no es lo mismo que una situación en la que alguien evita hablar porque teme las consecuencias de contradecir al otro.

Y queda otra pregunta: quién más está viviendo aquello. En una crisis matrimonial pueden estar afectados los hijos; en otras situaciones, unos padres ancianos o algún familiar dependiente.

Hechos, relación, momento vital, duración, manera de decidir, seguridad y personas afectadas no constituyen siete crisis diferentes. Son distintas dimensiones de una misma historia que conviene mirar antes de decidir qué clase de ayuda puede ser necesaria.

Eso explica por qué una dificultad puede tener al mismo tiempo un componente económico, organizativo, conyugal o parental. Un cambio laboral modifica los ingresos y también los horarios. La nueva organización altera el reparto de tareas. El cansancio influye en la forma de hablar y las discusiones entre los esposos pueden terminar afectando a los hijos.

Las categorías sirven para ordenar la realidad. La realidad casi nunca viene ya ordenada.

Saber dónde aparece el problema

no es todavía saber por qué existe

Un matrimonio discute continuamente por dinero.

Es razonable advertir una dimensión económica importante. Pero eso no explica aún cómo han llegado hasta ahí.

Puede haber disminuido el ingreso familiar. Los dos pueden tener formas distintas de entender el ahorro. Quizá uno haya tomado decisiones relevantes sin contar suficientemente con el otro. O tal vez el dinero se haya convertido con el tiempo en el lugar donde terminan apareciendo preguntas de otra clase: quién decide, quién renuncia, qué proyectos tienen prioridad o cuánto cuenta la opinión de cada uno.

Una cosa es dónde se manifiesta principalmente la dificultad. Otra, más difícil de reconstruir, es por qué ha llegado a producirse.

La distinción resulta especialmente importante cuando existe un acontecimiento que parece haberlo cambiado todo.

«Todo empezó cuando cambió de trabajo».

«Desde aquella discusión ya nada fue igual».

«El problema comenzó cuando descubrí la infidelidad».

Puede ser exactamente así. Hay acontecimientos que provocan un cambio real y no tendría sentido quitarles importancia buscando obligatoriamente una explicación anterior.

Pero también puede suceder que ese hecho encuentre problemas que ya estaban presentes y que, a partir de entonces, resulten mucho más difíciles de ignorar. En ocasiones el último acontecimiento provoca la crisis; en otras la hace visible. Las dos cosas pueden ocurrir a la vez.

Reconstruir la historia no consiste en buscar obsesivamente causas ocultas. Consiste en evitar que el acontecimiento más reciente acabe convirtiéndose, sin suficiente fundamento, en la explicación de todo.

Hay conflictos que van acumulando historia

Una pareja empieza discutiendo por una cuestión bastante concreta. Como hablar de ella resulta incómodo, la deja para más adelante. Algún tiempo después surge otro problema. El primero no llegó a resolverse y comienza a mezclarse con el segundo. Cada nueva diferencia despierta algo de las anteriores.

Llega un día en que alguien responde ante un hecho pequeño con una intensidad que al otro le resulta difícil comprender.

—No puedo más.

Visto únicamente desde aquella tarde, quizá parezca una reacción desproporcionada. Pero esa persona puede estar respondiendo a bastante más que a lo sucedido unos minutos antes.

Por eso importa saber cuánto tiempo lleva desarrollándose una dificultad, si se mantiene de manera semejante o está aumentando y si todavía es posible hablar de los diferentes problemas por separado. Cuando cada conversación acaba convocando a todas las anteriores, resulta cada vez más difícil saber qué se está intentando resolver.

La duración tampoco proporciona por sí sola una medida exacta de la gravedad. Una situación que comenzó ayer puede exigir mucha más atención que otra que lleva meses. El tiempo ayuda a comprender; no sustituye el juicio sobre lo que realmente está ocurriendo.

Y lo mismo sucede con la cantidad de discusiones.

Discutir mucho y vivir con miedo

no son la misma realidad

Hay familias en las que las discusiones son frecuentes, intensas y agotadoras. Eso puede producir un deterioro serio de la convivencia. Pero la existencia de una alta conflictividad no permite concluir automáticamente que exista violencia.

Tampoco debemos hacer lo contrario: llamar simplemente «conflicto de pareja» a una situación en la que el miedo, la coacción o determinadas formas de control pueden estar condicionando seriamente la libertad de una persona.

No son realidades equivalentes.

Esta diferencia importa porque la cantidad de conflicto visible no nos dice, por sí sola, desde qué posición está hablando cada persona. Cuando aparecen elementos que pueden comprometer la libertad o la seguridad, decir simplemente «tenemos muchos conflictos» deja de describir suficientemente lo que sucede y se hace necesaria una valoración adecuada antes de escoger una intervención.

No necesitamos ir más lejos en esta entrega. Más adelante podremos estudiar cuándo determinadas circunstancias hacen inadecuada la mediación. Por ahora basta con conservar la distinción: alta conflictividad y violencia pueden coexistir, pero no son sinónimas.

Hay otras personas que también están viviendo esa crisis

Una discusión entre dos esposos puede parecer, en principio, asunto de dos.

Sin embargo, la vida familiar está formada por relaciones que permanecen conectadas entre sí.

Algunos hijos comienzan a advertir cuándo es mejor no preguntar ciertas cosas. Otros perciben la tensión aunque los adultos crean estar manteniéndola al margen de ellos. A veces terminan transmitiendo mensajes de un progenitor a otro o sintiendo, sin que nadie se lo haya pedido expresamente, que deberían tomar partido.

No hace falta que suceda algo tan visible. Puede bastar con vivir durante meses en una casa en la que todos conocen, aunque nadie lo diga, los asuntos que conviene no tocar.

En otras familias la crisis afecta a unos padres mayores o a una persona dependiente cuyas necesidades están directamente relacionadas con las decisiones que los demás intentan tomar. Dos hermanos pueden discutir durante semanas sobre cómo organizar unos cuidados y olvidar, entre tantas conversaciones sobre horarios, dinero y responsabilidades, que hay una persona concreta cuya vida depende en buena parte de aquellas decisiones.

Comprender una crisis exige, por tanto, no mirar solamente a quienes protagonizan de manera más visible el desacuerdo. También importa saber quién está viviendo sus consecuencias.

Eso no significa entregar a los hijos o a otros familiares la responsabilidad de resolver el problema. Precisamente significa evitarlo. Un menor no debe convertirse en árbitro, mensajero ni responsable de las decisiones que corresponden a los adultos.

Las categorías ayudan cuando

no se convierten en etiquetas

Podemos hablar de dificultades circunstanciales, de problemas que se concentran especialmente en la comunicación, de crisis organizativas o económicas, de conflictos conyugales, parentales o intergeneracionales, y de crisis vinculadas al duelo o a transiciones importantes de la vida.

Estas palabras pueden resultar útiles. Permiten ordenar una realidad que al principio se presenta de manera confusa.

Pero ninguna constituye por sí misma un diagnóstico.

Decir «tenemos un problema de comunicación» puede señalar algo verdadero y, sin embargo, no explicar todavía por qué dos personas han dejado de escucharse.

Hablar de «crisis económica» identifica un ámbito importante, pero no cuenta todavía qué ha hecho ese problema con la relación.

Incluso «crisis matrimonial» puede contener historias profundamente diferentes.

Una clasificación resulta útil cuando ayuda a formular preguntas mejores. Se vuelve engañosa cuando nos permite creer que, por haber encontrado una etiqueta, ya hemos comprendido a las personas.

Por eso no necesitamos terminar esta entrega con un test que diga qué tipo de crisis atraviesa cada familia. La pregunta más prudente es otra: ¿Qué sabemos realmente de esta situación y qué necesitamos todavía comprender antes de decidir cómo intervenir?

Una distinción breve desde el Derecho canónico

También en el ámbito canónico resulta necesario mantener separados problemas que pueden aparecer juntos, pero que no responden a la misma pregunta.

Una crisis de convivencia, una posible separación permaneciendo el vínculo y una eventual cuestión sobre la validez del matrimonio no son equivalentes.

El Código de Derecho Canónico (CIC) contempla determinadas causas que pueden legitimar la separación de los esposos permaneciendo el vínculo. De ahí no se sigue que cualquier crisis matrimonial constituya ya una causa canónica de separación: deben atenderse las circunstancias concretas y las condiciones establecidas por el propio Derecho.

Tampoco una crisis posterior, por grave que llegue a ser, demuestra por sí sola que el matrimonio fuera inválido desde su celebración. La declaración de nulidad plantea una cuestión diferente: si aquel matrimonio fue válidamente constituido.

Puede suceder que durante una crisis aparezcan hechos que hagan razonable estudiar jurídicamente esa cuestión. Pero una realidad no se deduce automáticamente de la otra.

No necesitamos ir más lejos por ahora. La respuesta del Derecho canónico ante las crisis matrimoniales tendrá su lugar propio más adelante.

En esta entrega basta conservar tres planos distintos: crisis de convivencia, eventual separación y posible cuestión sobre la validez del matrimonio.

Antes de intervenir

Volvamos a los dos matrimonios del comienzo.

En el primero ha nacido un hijo. Es posible que buena parte de lo que están viviendo tenga que ver con haber cambiado profundamente su vida sin haber encontrado todavía otra forma de organizarla. Pero no conocemos lo suficiente para afirmar que ahí termine toda la explicación.

En el segundo ha aparecido una infidelidad. Existe un hecho concreto que no puede diluirse en una explicación genérica sobre dificultades de comunicación. También allí habrá que comprender qué ocurrió, cómo ha sido vivido y qué consecuencias ha tenido.

Decir que ambos matrimonios están en crisis era correcto.

Pensar que esa palabra nos permitía saber ya qué necesita cada uno habría sido precipitado.

Podemos acercarnos ahora a una crisis con algo más de cuidado: conocer los hechos y la historia sobre la que han ocurrido; observar dónde se manifiestan principalmente las dificultades y cuánto tiempo llevan desarrollándose; advertir desde qué posición puede hablar y decidir cada persona; prestar atención a cualquier circunstancia que pueda comprometer su libertad o seguridad; y no olvidar a quienes, sin encontrarse en el centro del conflicto, están viviendo sus efectos.

No es todavía una respuesta.

Es una manera de mirar antes de responder.

Nombrar bien la crisis no la resuelve, pero evita intervenir a ciegas.

Y una vez que hemos aprendido a no utilizar la palabra «crisis» como si explicara por sí sola lo que sucede, podemos formular con sentido la siguiente pregunta:

¿Qué es realmente la mediación familiar?

 

Próxima entrega

¿Qué es realmente la mediación familiar?

En la Entrega 3 veremos qué convierte una conversación ayudada por un tercero en una verdadera mediación, qué hace —y qué no hace— el mediador y por qué las decisiones continúan perteneciendo a las personas que participan.


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Autor de Derecho Canónico Práctico

Roberto García Villumbrales

Presbítero diocesano de la diócesis de Palencia (España). Licenciado en Derecho Canónico por la Universidad de Navarra, Abogado Rotal y Máster en Derecho Matrimonial y Procesal Canónico por la UNAV. Actualmente es Notario del Tribunal Eclesiástico y Promotor de Justicia.

Este blog nace de una convicción sencilla: el derecho de la Iglesia no es un obstáculo para la vida pastoral, sino una ayuda para vivirla con más justicia, comunión y responsabilidad. En «Derecho Canónico Práctico – Cuaderno de Derecho Canónico» encontrarás recursos claros y prácticos sobre la vida jurídica de la Iglesia: explicaciones de cánones, preguntas frecuentes, guías, audios formativos y materiales de consulta. Está pensado para sacerdotes, agentes de pastoral, estudiantes y personas interesadas en comprender mejor el derecho canónico sin perderse en tecnicismos innecesarios.

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