¿Cómo puede una
parroquia dejar de ser una suma de personas anónimas o de grupos desconectados
y convertirse verdaderamente en una comunidad de comunidades?
Esta tercera entrega estudia la aportación del Camino Neocatecumenal
desde una de sus experiencias pastorales más características: pequeñas
comunidades donde los bautizados aprenden progresivamente a vivir la
fraternidad, transmitir la fe en la familia, celebrar la Eucaristía y asumir
una pertenencia parroquial cada vez más madura. El objetivo no consiste
simplemente en multiplicar grupos dentro de la parroquia, sino en formar
cristianos cuya vida comunitaria llegue a enriquecer al conjunto. Desde el
Magisterio, el Derecho Canónico y el Estatuto definitivo del Camino, el artículo
presenta esta experiencia como un modelo pastoral de referencia para
desarrollar la parroquia como auténtica comunidad de comunidades, sin
romper su unidad eclesial.
El Camino Neocatecumenal,
hijo del Concilio Vaticano II: su aportación a la renovación parroquial, a la
complementariedad entre el sacerdocio común y el ministerial y a una Iglesia
evangelizadora y sinodal.
III.- De la pequeña comunidad a la parroquia como
comunidad de comunidades
(Fraternidad, familia, Eucaristía y comunión parroquial)
La pequeña comunidad, un lugar donde aprender a vivir como hermanos
La dimensión
comunitaria del Camino Neocatecumenal constituye una de sus características más
reconocibles.
El artículo 7 del
Estatuto establece que el itinerario se desarrolla en pequeñas comunidades
dentro de la parroquia. En ellas se reúnen personas de diferentes edades,
condiciones sociales y experiencias vitales, —tal y como acontecía en el Pueblo
de Israel— que comienzan a recorrer conjuntamente un proceso de formación
cristiana.
La diversidad de
sus miembros puede convertirse en una riqueza particular. Personas que
difícilmente habrían compartido su vida fuera de aquel ámbito comienzan a
conocerse, a escuchar sus dificultades y a acompañarse. Un matrimonio joven
puede encontrar el testimonio de otro que ha atravesado situaciones familiares
semejantes. Una persona enferma puede experimentar la cercanía de quienes la
visitan. Alguien que vive en soledad puede descubrir un lugar donde su
presencia es verdaderamente apreciada.
La convivencia
continuada permite que la fraternidad cristiana vaya adquiriendo un contenido
concreto.
También aparecen
diferencias de carácter, incomprensiones y conflictos. La maduración
comunitaria exige entonces aprender a pedir perdón, reconocer las propias
limitaciones y aceptar que la comunión no surge espontáneamente de la afinidad
entre las personas.
El artículo 15 del
Estatuto contempla esta educación progresiva mediante la vida en la pequeña
comunidad y las convivencias periódicas. El artículo 16 relaciona los frutos
de comunión con el perdón, la atención a los necesitados, la solicitud por los
enfermos y ancianos y la ayuda a quienes participan en la misión. Todo ello
conecta con una preocupación pastoral especialmente actual.
En Christifideles
laici, n. 61, san Juan Pablo II explicó que las pequeñas comunidades
eclesiales pueden prestar una ayuda notable a la formación de los cristianos,
favoreciendo una experiencia más profunda de comunión y de misión.
La instrucción de
la Congregación para el Clero La conversión pastoral de la comunidad
parroquial al servicio de la misión evangelizadora de la Iglesia, de 2020,
insiste asimismo en la importancia de las relaciones personales y de la
superación del anonimato dentro de la vida parroquial.
Las pequeñas
comunidades pueden contribuir significativamente a ese objetivo. Su
fecundidad, sin embargo, debe alcanzar progresivamente al conjunto de la
parroquia. El artículo 15 § 1 del Estatuto establece que la pequeña
comunidad permanece abierta a la vida parroquial y a toda la Iglesia. El
artículo 6 § 3 exige fomentar un sentido maduro de pertenencia parroquial y
relaciones profundas de comunión y colaboración con los demás fieles.
Por tanto, la
comunidad que ha aprendido a acompañar a sus miembros está llamada a
desarrollar esa misma sensibilidad hacia los demás cristianos. La cercanía a
sus enfermos puede abrir nuevos caminos para visitar a otros enfermos de la
parroquia. La experiencia de ayuda entre las familias puede favorecer nuevas
formas de acogida. La maduración de los fieles puede traducirse en una
participación más consciente en las iniciativas pastorales comunes.
La pequeña comunidad manifiesta así su auténtica fecundidad eclesial cuando la fraternidad que desarrolla se convierte también en un bien para los demás.
La
familia vuelve a ser una escuela de fe
La renovación de
la vida parroquial mantiene una relación profunda con la transmisión familiar
de la fe.
Los padres poseen
una responsabilidad propia en la educación cristiana de sus hijos, reconocida
expresamente por el canon 226 § 2. El canon 774 § 2 recuerda, además, su
función primordial en la formación catequética familiar.
San Juan Pablo II
desarrolló ampliamente esta doctrina en Familiaris consortio,
especialmente en los nn. 39 y 51, al presentar la familia cristiana como
comunidad creyente y evangelizadora.
Sin embargo, esa
responsabilidad encuentra dificultades cuando la fe queda reducida a
determinados momentos religiosos y la formación de los hijos se confía casi
exclusivamente a los catequistas parroquiales.
El Camino
Neocatecumenal concede una atención particular a la relación entre la
maduración bautismal y la vida familiar. Su Estatuto, en el artículo 14,
contempla la introducción progresiva a la oración personal y litúrgica y la
responsabilidad de los padres en la educación cristiana de los hijos.
Francisco, en su
discurso del 6 de marzo de 2015, reconoció expresamente la aportación de la
oración familiar, de la escucha de la Palabra y de la vida comunitaria al
crecimiento de la fe.
Cuando los hijos
aprenden a rezar con sus padres, escuchan hablar de Jesucristo con naturalidad
y descubren que la fe ilumina las decisiones y dificultades de la familia,
reciben una formación que no depende únicamente de los contenidos aprendidos
durante la catequesis. La experiencia cristiana comienza a formar parte de
la vida cotidiana.
Las preocupaciones
económicas, los conflictos, la enfermedad y las dificultades en la educación de
los hijos forman parte de muchas historias familiares. La formación cristiana
puede ayudar precisamente a afrontar esas circunstancias mediante una escucha
más profunda, la capacidad de reconciliación, la perseverancia y la confianza
en Dios.
La parroquia recibe una riqueza considerable cuando los matrimonios descubren de nuevo su responsabilidad evangelizadora y encuentran caminos estables para seguir creciendo en la fe. La familia puede convertirse, desde su vocación propia, en una presencia activa de la Iglesia en medio del mundo.
La Eucaristía, centro de la vida comunitaria y de la comunión parroquial
La formación
cristiana encuentra su fuente y su centro en la vida sacramental,
particularmente en la Eucaristía.
El Concilio
Vaticano II enseña, en Sacrosanctum Concilium, n. 10, que la liturgia es “la
cumbre a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente
de donde mana toda su fuerza”.
El canon 528 § 2 exige
al párroco procurar que la Santísima Eucaristía sea el centro de la comunidad
parroquial. El Camino Neocatecumenal contempla expresamente esta
centralidad. Su artículo 13 regula las celebraciones eucarísticas de las
pequeñas comunidades, conforme a las disposiciones del obispo diocesano, a los
libros litúrgicos aprobados y a las concesiones expresas de la Santa Sede. El
mismo artículo establece que las celebraciones eucarísticas de las
comunidades forman parte de la pastoral litúrgica dominical de la parroquia y
están abiertas también a otros fieles. La precisión posee una importancia
eclesial considerable.
La Eucaristía, por
su propia naturaleza, pertenece a la vida de toda la Iglesia. Su celebración
dentro de una pequeña comunidad debe favorecer una participación cada vez más
profunda en el misterio de Cristo y en la comunión eclesial.
Benedicto XVI
recordó esta exigencia en su discurso del 20 de enero de 2012. Al referirse a
las celebraciones eucarísticas neocatecumenales, explicó que la maduración
de la pequeña comunidad debe favorecer su inserción progresiva en la vida de la
gran comunidad eclesial, cuya expresión ordinaria se encuentra en la
celebración litúrgica parroquial. Añadió que también durante el itinerario
resulta importante no separarse de la comunidad parroquial, precisamente en la
celebración de la Eucaristía. La enseñanza permite comprender adecuadamente
la relación entre pequeña comunidad y parroquia.
La formación
comunitaria puede ayudar a que los fieles participen con mayor conciencia en la
vida sacramental, pero esa maduración debe fortalecer su comunión con todos los
miembros de la Iglesia.
El artículo 12 del
Estatuto contempla, además, que la experiencia neocatecumenal contribuya a
una celebración más rica de la Vigilia Pascual en la parroquia.
También aquí aparece la orientación fundamental del itinerario: los bienes espirituales recibidos durante la formación están llamados a enriquecer la vida de toda la comunidad.
La parroquia como comunidad de comunidades: una aportación expresamente reconocida
La renovación
parroquial mediante pequeñas comunidades no constituye una propuesta ajena al
Magisterio.
San Juan Pablo II, en Ecclesia in America, n. 41, destacó la importancia
de desarrollar ámbitos comunitarios que favoreciesen las relaciones personales,
la formación cristiana y una participación más intensa en la vida eclesial.
Francisco retomó
esa orientación en Evangelii gaudium, n. 28, al presentar la parroquia
como comunidad de comunidades. La Congregación para el Clero desarrolló
posteriormente esta perspectiva en su instrucción de 2020, cuyo capítulo V está
dedicado precisamente a esta cuestión.
El Camino
Neocatecumenal ofrece una experiencia concreta que permite comprender cómo
puede desarrollarse ese dinamismo.
Después del
anuncio inicial del Evangelio y de las catequesis, se constituye una pequeña
comunidad que comienza un itinerario prolongado de redescubrimiento bautismal. Con el tiempo,
nuevas catequesis pueden favorecer el nacimiento de otras comunidades dentro de
la parroquia.
La existencia de
diversos ámbitos comunitarios permite acompañar a un mayor número de personas
durante procesos estables de formación. Pero el valor de esta experiencia
reside en que los bautizados puedan madurar en la fe y participar cada vez más
profundamente en la comunión y misión de la Iglesia.
Aquí encontramos
uno de los fundamentos estatutarios más importantes de nuestra argumentación. El
artículo 23 § 1 del Estatuto definitivo de 2008 presenta expresamente el Camino
como una vía de renovación parroquial, en relación con la orientación
magisterial de promover métodos y estructuras capaces de superar el anonimato y
de considerar la parroquia como comunidad de comunidades. La nota 102 de ese
artículo remite directamente a Ecclesia in America, n. 41.
La conexión entre
el Camino y la renovación parroquial propuesta por el Magisterio pertenece, por
tanto, a la propia fundamentación estatutaria del itinerario.
El artículo 22
añade una disposición especialmente significativa. Una vez concluido el
itinerario de redescubrimiento de la iniciación cristiana, la comunidad
continúa su educación permanente en la fe, permaneciendo activamente integrada
en la pastoral de la comunidad parroquial. Esta orientación merece ocupar
un lugar central en cualquier valoración de su aportación.
La maduración
cristiana recibida en la pequeña comunidad está llamada a enriquecer la vida de
toda la parroquia.
El proceso formativo encuentra su finalidad eclesial en contribuir a que sus
miembros vivan con mayor profundidad su vocación dentro de la Iglesia.
La parroquia
conserva su identidad como comunidad estable de fieles confiada a un párroco
bajo la autoridad del obispo diocesano, conforme al canon 515 § 1.
Las pequeñas
comunidades no constituyen una federación de entidades eclesiales
independientes ni sustituyen la unidad de la parroquia. Su aportación se
desarrolla dentro de esa comunión. Desde esta perspectiva, consideramos que el
Camino Neocatecumenal ofrece un modelo pastoral de referencia especialmente
valioso para las parroquias que desean favorecer relaciones cristianas más
profundas y procesos continuados de formación bautismal.
Su experiencia muestra una vía concreta para que la parroquia pueda desarrollar una vida comunitaria más intensa, conservando la unidad de la fe, de los sacramentos y de la misión pastoral.
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