La belleza de una parroquia que vuelve a engendrar cristianos
El Camino Neocatecumenal,
hijo del Concilio Vaticano II: su aportación a la renovación parroquial, a la
complementariedad entre el sacerdocio común y el ministerial y a una Iglesia
evangelizadora y sinodal.
I.- Un hijo del Concilio Vaticano II: redescubrir la grandeza del Bautismo
(Identidad Conciliar y Fundamento Canónico)
Escucha aquí el episodio completo:
La parroquia: una comunidad llamada a engendrar y acompañar la fe
Quien conoce de
cerca la vida de nuestras parroquias sabe cuánto bien se realiza
silenciosamente en ellas. Hay sacerdotes que llevan décadas acompañando a sus
fieles, catequistas que dedican generosamente su tiempo a transmitir la fe,
matrimonios que colaboran en diferentes servicios pastorales y personas que
visitan a los enfermos, atienden a los necesitados o cuidan cuanto permite
desarrollar la vida ordinaria de la comunidad. Detrás de esas actividades
encontramos historias de entrega que rara vez aparecen en las estadísticas,
pero que constituyen una parte importante de la presencia cotidiana de la
Iglesia.
Esa generosidad
convive, sin embargo, con dificultades que no podemos ignorar. Muchos niños
reciben los sacramentos de la iniciación cristiana y, pocos años después,
desaparecen de la vida parroquial. Otros fieles mantienen una práctica
religiosa sincera, aunque apenas encuentran ocasiones para profundizar en su
formación. Hay también adultos que fueron bautizados hace décadas y que nunca
han llegado a descubrir suficientemente lo que significa pertenecer a
Jesucristo y participar de la misión de su Iglesia.
La cuestión merece una reflexión serena.
La parroquia debe celebrar los sacramentos, anunciar íntegramente la doctrina
cristiana y atender las necesidades espirituales de sus fieles. Pero también necesita
ofrecer caminos capaces de acompañar su crecimiento durante toda la existencia,
de manera que la fe recibida ilumine progresivamente la vida familiar, el
trabajo, las relaciones personales y las decisiones cotidianas.
El Código de Derecho Canónico proporciona
una definición particularmente iluminadora. El canon 515 § 1 presenta la
parroquia como una comunidad estable de fieles constituida en la Iglesia
particular, cuya cura pastoral se encomienda a un párroco bajo la autoridad del
obispo diocesano. La precisión jurídica encierra una riqueza eclesiológica
considerable. La parroquia posee una organización y, ordinariamente, un
territorio determinado, pero su realidad fundamental es una comunidad de
bautizados confiada al cuidado pastoral de la Iglesia.
San Juan Pablo II
desarrolló esta comprensión en Christifideles laici, n. 26, al presentar
la parroquia como familia de Dios y comunidad fraterna, llamada a hacer
visible y cercana la comunión eclesial. Francisco, en Evangelii gaudium,
n. 28, insistió posteriormente en su capacidad de renovación y la describió
como una «comunidad de comunidades», donde los fieles encuentran un
ámbito de escucha de la Palabra, crecimiento cristiano, caridad y envío
misionero.
La expresión
contiene una orientación pastoral exigente. Una parroquia puede albergar
numerosos grupos y actividades sin que necesariamente haya surgido entre sus
miembros una verdadera vida comunitaria. La formación de cristianos adultos
requiere relaciones personales, continuidad y un acompañamiento que les permita
recorrer juntos un proceso de maduración en la fe.
En este horizonte
merece una consideración especial el Camino Neocatecumenal.
Su experiencia de
formación posbautismal, desarrollada en pequeñas comunidades e integrada en la
vida de las Iglesias particulares, ofrece una aportación particularmente
valiosa para las parroquias que desean fortalecer su capacidad de formación,
acompañamiento y evangelización.
La riqueza de esa experiencia se comprende mejor cuando la contemplamos dentro de la renovación impulsada por el Concilio Vaticano II, a la luz del Magisterio pontificio, del Derecho Canónico y de la configuración estatutaria reconocida por la Santa Sede.
El Camino Neocatecumenal, un hijo del Concilio Vaticano II
El Camino
Neocatecumenal nació en 1964, durante la celebración del Concilio Vaticano II,
entre los pobres de las barracas de Palomeras Altas, en Madrid. Allí, Kiko
Argüello y Carmen Hernández desarrollaron una experiencia de anuncio de
Jesucristo que fue dando lugar a una síntesis catequética articulada alrededor
de la Palabra de Dios, la Liturgia y la Comunidad.
Sus comienzos
poseen un significado que conviene recordar. Aquella experiencia no nació de un
proyecto destinado a reorganizar las estructuras parroquiales. Surgió del
anuncio del Evangelio a personas concretas, en un ambiente marcado por la
pobreza, y de la progresiva formación de una pequeña comunidad cristiana. La
convivencia, la escucha de la Palabra y la celebración de la fe comenzaron a
configurar un itinerario de conversión y maduración bautismal.
La vinculación de
esa experiencia con la renovación conciliar cuenta con un reconocimiento
pontificio expreso.
San Juan Pablo II,
en la carta Ogni qualvolta, del 30 de agosto de 1990, situó las
comunidades neocatecumenales entre las realidades eclesiales surgidas en el
contexto de renovación posterior al Concilio. Recordó, además, que Pablo VI había
acogido su contribución a la renovación de la vida cristiana como fruto del
Vaticano II.
Después de
mencionar los frutos de conversión, la vitalidad parroquial, las vocaciones y
el impulso misionero relacionados con aquella experiencia, Juan Pablo II
reconoció el Camino como un itinerario de formación católica válido para las
circunstancias de su tiempo. Asimismo, manifestó su deseo de que los
obispos y presbíteros valorasen y ayudasen esa obra de nueva evangelización, en
espíritu de servicio y comunión con el Ordinario del lugar.
El reconocimiento
resulta especialmente significativo cuando examinamos algunas de las grandes
orientaciones conciliares.
La constitución Sacrosanctum
Concilium, n. 64, dispuso restaurar el catecumenado de adultos. El decreto Ad
gentes, n. 14, presentó la iniciación cristiana como un proceso en el que
la persona es introducida progresivamente en el misterio de Cristo y en la vida
de la comunidad. Dei Verbum destacó la centralidad de la Sagrada
Escritura, mientras Lumen gentium desarrolló la dignidad bautismal, la
vocación universal a la santidad y la participación de todos los miembros del
Pueblo de Dios en la misión de Jesucristo.
El Camino recogió
esa inspiración para ofrecer a personas ya bautizadas un itinerario de
redescubrimiento de la iniciación cristiana. La distinción respecto del
catecumenado bautismal debe conservarse cuidadosamente: quienes ya han recibido
el Bautismo no vuelven a ser catecúmenos en sentido jurídico, ni recorren el
itinerario para recibir nuevamente un sacramento que imprime carácter. Se
trata de acompañar la maduración de una vida cristiana que tiene su
fundamento en la gracia sacramental recibida.
Pablo VI reconoció
precisamente esta posibilidad en su audiencia del 8 de mayo de 1974. San Juan Pablo
II volvió sobre ella en Christifideles laici, n. 61, al recomendar una
catequesis posbautismal de inspiración catecumenal que ayudase a descubrir las
riquezas y responsabilidades del Bautismo.
Esta orientación
aparece recogida expresamente en el Estatuto definitivo del Camino, aprobado el
11 de mayo de 2008. Su artículo 1 lo presenta como un itinerario de formación
católica al servicio del obispo, mientras las notas documentales de ese mismo artículo
remiten a las enseñanzas conciliares y pontificias que fundamentan la
conveniencia de una catequesis posbautismal.
Hablar del Camino
como hijo del Concilio posee, por tanto, un fundamento histórico y doctrinal. El Vaticano II
no lo instituyó como una estructura obligatoria para las diócesis, pero la
renovación que promovió favoreció el desarrollo de una experiencia que
posteriormente recibió un reconocimiento expreso de la Santa Sede.
Su originalidad radica en haber desarrollado un itinerario estable que procura llevar a la existencia cotidiana de los bautizados algunas de las grandes orientaciones de la eclesiología conciliar.
Cuando el Bautismo deja de ser un acontecimiento lejano
Una de las mayores
dificultades pastorales aparece cuando el Bautismo permanece en la conciencia
de los fieles como un acontecimiento del pasado, relacionado principalmente con
una celebración familiar o con determinadas costumbres religiosas.
La incorporación a
Jesucristo es, sin embargo, el fundamento de una existencia nueva y de una
vocación que acompaña a la persona durante toda su vida.
El Concilio
Vaticano II enseñó en Lumen gentium, nn. 9-11, que los fieles
constituyen el Pueblo de Dios y participan, cada uno según su condición, de la
función sacerdotal, profética y real de Jesucristo.
El Código de 1983
recogió esta doctrina al comienzo del Libro II. El canon 204 § 1 establece que
los bautizados, incorporados a Cristo, participan a su modo de su triple
función y son llamados a desarrollar la misión confiada por Dios a la Iglesia.
El canon 208 reconoce entre todos los fieles una verdadera igualdad en dignidad
y acción, sin desconocer la diversidad de condiciones, funciones y oficios.
Estas
disposiciones permiten apreciar el alcance de la vocación bautismal. La
participación en la misión de la Iglesia no constituye una actividad reservada
exclusivamente a quienes han recibido el sacramento del Orden o desempeñan
determinados cargos eclesiásticos.
El canon 210
recuerda el deber de todos los fieles de procurar una vida santa y contribuir
al crecimiento y santificación de la Iglesia. El canon 211 reconoce
expresamente que todos poseen el derecho y el deber de trabajar para que el
mensaje de salvación alcance a los hombres de todos los tiempos y lugares.
El apostolado
cristiano tiene, por consiguiente, su fundamento en la incorporación a
Jesucristo.
Las iniciativas pastorales pueden suscitarlo, acompañarlo y ayudar a
desarrollarlo, pero no son ellas las que originan la responsabilidad
evangelizadora de los bautizados.
Esta enseñanza se
completa con el derecho de los fieles a recibir una formación adecuada. El
canon 217 reconoce su derecho a una educación cristiana que les permita
alcanzar la madurez humana y conocer y vivir el misterio de la salvación. El
canon 213 tutela, por su parte, su derecho a recibir de los pastores los bienes
espirituales de la Iglesia, principalmente la Palabra de Dios y los
sacramentos.
A ello se añaden
las responsabilidades específicas de los fieles laicos. El canon 225 § 1
recuerda su obligación y derecho de participar en el anuncio del Evangelio,
especialmente en aquellas circunstancias en las que determinadas personas
solamente pueden conocerlo mediante su testimonio. El § 2 señala su deber
particular de impregnar las realidades temporales con el espíritu evangélico.
El canon 226 establece las responsabilidades cristianas vinculadas al
matrimonio y a la educación de los hijos, mientras el canon 229 reconoce la
importancia de adquirir una formación doctrinal adecuada.
Estas
disposiciones muestran que la maduración cristiana tiene consecuencias
concretas para la vida parroquial, familiar y social.
El Camino Neocatecumenal
puede prestar una ayuda considerable precisamente porque propone una formación
prolongada que busca acompañar el desarrollo de esa conciencia bautismal.
La persona que
comienza a escuchar la Palabra de Dios con continuidad, a profundizar en su
vida sacramental y a compartir un proceso de formación con otros cristianos
puede descubrir progresivamente que la fe tiene algo que decir sobre sus
preocupaciones, sus relaciones familiares, su matrimonio, la educación de sus
hijos y las dificultades que atraviesa.
La enfermedad, el
sufrimiento, los problemas económicos y las frustraciones personales pueden
afrontarse desde una relación cada vez más consciente con Jesucristo.
La conversión
cristiana implica la acción de la gracia y una respuesta personal libre.
Precisamente por ello resulta importante ofrecer caminos estables que permitan
perseverar, profundizar y recomenzar cuando sea necesario.
Benedicto XVI, en
su discurso del 17 de enero de 2011, reconoció la contribución del Camino al
redescubrimiento gradual y profundo de las riquezas del Bautismo, dentro de la
renovación de la iniciación cristiana en las diócesis y parroquias.
La Iglesia
necesita que sus fieles reciban los sacramentos y, al mismo tiempo, descubran
cada vez mejor la vida a la que esos sacramentos los han incorporado.

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