¿Qué es la justicia y qué significa realmente «dar a cada uno lo suyo»? En sentido jurídico, la justicia no consiste simplemente en tratar a todos de la misma manera, cumplir cualquier ley o conceder todo lo que alguien desea, sino en reconocer, respetar y dar a cada persona aquello que verdaderamente le corresponde. Para comprenderla es necesario distinguir entre justicia, igualdad, legalidad, generosidad y caridad, y aprender a preguntar en cada situación qué es lo debido. En este artículo lo explicamos con ejemplos concretos y mostramos cómo se aplica también al Derecho Canónico, donde los derechos, deberes, competencias, procedimientos y garantías ayudan a proteger a los fieles frente a la arbitrariedad y a construir una vida eclesial verdaderamente justa.
La justicia: Dar a cada uno lo suyo.
Escucha aquí el episodio completo:
Hay palabras que
usamos tanto que corren el peligro de gastarse. Una de ellas es justicia.
La escuchamos en discursos, debates, campañas, conversaciones familiares,
reuniones de comunidad y hasta en el deporte, cuando alguien protesta un
penalti con una convicción teológica admirable.
Pero conviene
preguntarse con calma: ¿Qué es realmente la justicia?
No basta decir que
justicia es “hacer el bien”, “ayudar a todos” o “construir un
mundo mejor”. Todo eso puede ser noble, pero la justicia tiene un
significado más preciso. La fórmula clásica lo dice con una claridad difícil de
superar: la justicia consiste en dar a cada uno lo suyo.
Parece una frase
sencilla. Y lo es. Pero no es superficial. Al contrario, ya que contiene una
sabiduría jurídica enorme.
Una
justicia que baja
a la
vida real
Cuando hablamos de
justicia, podemos imaginar grandes ideales: una sociedad perfecta, una
humanidad reconciliada, un mundo sin abusos, sin pobreza y sin conflictos. Es
bueno aspirar a una sociedad más justa. Pero el jurista necesita hacer una
pregunta más concreta: en esta situación, ¿qué corresponde a esta persona?
La justicia no
vive solo en las nubes de los grandes discursos. Vive también en lo cotidiano. Pensemos
en una panadería. Quien llega primero y pide la vez tiene derecho a ser
atendido antes que quien llega después. No hace falta que haya un notario junto
a las barras de pan. Todos entendemos que colarse está mal. ¿Por qué? Porque a
esa persona le correspondía su turno.
Si un amigo nos
presta un libro, el libro sigue siendo suyo, aunque nos guste mucho, aunque
quede precioso en nuestra estantería y aunque nos dé una pena inmensa
devolverlo. Devolverlo no es un gesto heroico de generosidad. Es justicia. La
generosidad sería regalarle además un marcapáginas bonito. La justicia es
devolver lo prestado.
Si un trabajador
ha realizado su trabajo y se ha pactado un salario, pagarle menos no es
simplemente “un detalle feo”. Es una injusticia, porque se le quita algo que ya
le corresponde.
Estos ejemplos
muestran una idea fundamental: La justicia empieza cuando reconocemos qué es
suyo de cada uno.
La
justicia no inventa el derecho
Esta es una de las
claves más importantes: La justicia no inventa el derecho; lo reconoce y lo
da.
Si la justicia
consiste en dar a cada uno lo suyo, entonces antes debe existir algo que sea
suyo. No puedo dar como justicia lo que no corresponde a nadie. Puedo ser
generoso, solidario, compasivo o misericordioso; pero la justicia, en sentido
estricto, mira a aquello que alguien tiene derecho a recibir.
Pensemos otra vez
en el salario. Si se ha pactado una cantidad y el empleador paga menos, el
trabajador no está pidiendo un favor cuando reclama. Está pidiendo lo suyo. No
suplica generosidad: exige justicia.
Esto ayuda mucho a
no confundir las cosas. No todo deseo es un derecho. No toda necesidad se
convierte automáticamente en justicia. No toda aspiración noble puede
presentarse como algo debido.
La justicia
pregunta con rigor: ¿Qué corresponde realmente a esta persona?
La
ley importa,
pero
no siempre agota la justicia
Alguien podría
decir: “Lo justo será lo que diga la ley”. Y es verdad que la ley es
importantísima. Sin leyes, la convivencia sería bastante parecida a una rotonda
sin señales; todos entrarían convencidos de tener preferencia y todos saldrían
indignados. Pero la ley no lo es todo. Puede haber leyes injustas. La historia
lo ha demostrado demasiadas veces como para ignorarlo.
Si una ley permite
discriminar injustamente, si niega a alguien lo que le corresponde por su
dignidad, si protege al fuerte y desampara al débil, no se convierte en justa
solo porque esté escrita oficialmente. La ley debe servir a la justicia, no
sustituirla.
Por eso
necesitamos una referencia más profunda: Hay derechos que no dependen
simplemente de que una autoridad los conceda. La ley positiva debe
reconocerlos, protegerlos y ordenarlos; no destruirlos.
Si confundimos
justicia con mera legalidad, terminamos diciendo que todo lo legal es justo. Y
eso, sencillamente, no es verdad.
Igualdad
no significa
dar
a todos lo mismo
Otra confusión
frecuente consiste en pensar que la justicia exige dar exactamente lo mismo a
todos. Suena bien, pero no siempre es justo.
Un médico no trata
justamente a sus pacientes si les da a todos la misma medicina. Los trata
justamente cuando da a cada uno lo que corresponde según su enfermedad. Dar
lo mismo a todos podría ser incluso peligroso: antibiótico para todos, escayola
para todos y jarabe para todos. Muy igualitario, sí; muy sensato, no tanto.
En el Derecho
ocurre algo parecido. La igualdad propia de la justicia no consiste en dar
materialmente lo mismo, sino en dar a cada uno lo que le corresponde, sin
favoritismos ni discriminaciones injustas.
La justicia no
dice: “lo mismo para todos”, sino: a cada uno lo suyo.
Esto no justifica
privilegios injustos. Al contrario. Si alguien recibe más de lo que le
corresponde por poder, dinero, cargo, apellido, amistad o simpatía, eso no es
justicia. Y si alguien recibe menos por pobreza, debilidad, ignorancia, origen
o falta de protección, tampoco.
La justicia no
mira la cara, el rango, la influencia ni el aplauso social. La justicia mira
el derecho.
Justicia
en clase y
en
la universidad
El mundo
estudiantil ofrece ejemplos muy claros. Pensemos en un trabajo en grupo.
Figuran cuatro alumnos como autores, pero solo dos han trabajado de verdad. Los
otros dos han aportado ánimo, presencia ocasional y quizá alguna frase
inspiradora en el chat, pero poco más. Si todos reciben la misma nota, puede
parecer igualitario, pero no necesariamente justo.
La pregunta no es:
“¿Qué nota damos para que nadie se enfade?”. La pregunta es: ¿Qué
corresponde a cada uno según su trabajo real?
Lo mismo sucede en
un examen. Si un alumno estudia, responde correctamente y obtiene buena
calificación, recibe lo suyo. Si otro alumno copia y obtiene la misma nota, no
hay justicia, aunque el número final sea idéntico. La igualdad de la justicia
no consiste en dar la misma nota a todos, sino en valorar según verdad, mérito
y reglas comunes.
También puede
ocurrir lo contrario. Un alumno con una dificultad acreditada puede necesitar
más tiempo para realizar un examen. Darle ese ajuste no es un privilegio
injusto si busca que pueda ser evaluado en igualdad real de condiciones. Aquí
se ve muy bien que justicia no significa tratar a todos mecánicamente igual,
sino dar a cada uno lo que le corresponde según su situación.
En la universidad pasa algo parecido con
la autoría. Si un estudiante ha trabajado seriamente en una investigación, una
comunicación o un proyecto, no puede desaparecer de los créditos porque “queda
más cómodo” poner solo a otros. La autoría no es un adorno. Es
reconocimiento de lo suyo.
Y con las becas
sucede igual. Si una ayuda tiene unos requisitos, no es justo concederla por
amistad, simpatía o influencia. Tampoco es justo negarla a quien cumple las
condiciones. La justicia no mira el apellido ni el pasillo donde uno tiene más
conocidos. Mira el derecho que corresponde.
Justicia
en el noviazgo
También en el
noviazgo hay justicia. A veces se piensa que el amor basta para resolverlo
todo. Y el amor es esencial, claro. Pero un amor sin justicia puede ser muy
sentimental en las palabras y bastante desordenado en los hechos.
Si una persona
exige a su pareja atención constante, disponibilidad absoluta y explicaciones
continuas, pero luego no ofrece respeto, escucha ni sinceridad, algo no va
bien. No se trata de llevar una contabilidad fría del cariño, como si cada
mensaje de WhatsApp debiera anotarse ante notario. Pero sí conviene
preguntarse: ¿Estoy respetando lo que la otra persona merece por su
dignidad, su libertad y su entrega?
La confianza
también tiene mucho que ver con la justicia. Si en una relación se promete
sinceridad, no es justo manipular, ocultar cosas importantes o jugar con la
inseguridad del otro. La verdad no es un lujo romántico. Es parte de lo que la
otra persona merece.
Y hay una idea
decisiva: Nadie tiene derecho a poseer al otro. En el noviazgo, la
justicia protege también la libertad. Amar no es absorber. Amar justamente es
reconocer que la otra persona no es una propiedad, sino alguien con dignidad,
conciencia, historia, familia, amistades, vocación y libertad.
Justicia
en el deporte
El deporte también
enseña mucho sobre justicia. Un partido necesita reglas. Si un equipo gana
haciendo trampas, quizá consiga el marcador, pero no consigue justicia. El
resultado no basta si se ha lesionado lo que correspondía al otro: competir en
igualdad de condiciones.
Pensemos en un
entrenador que siempre pone a jugar a su sobrino, aunque no entrene, mientras
deja en el banquillo a quien se esfuerza cada semana. Eso no es justicia
deportiva. La justicia no consiste en repartir minutos por capricho, amistad o
presión familiar, sino en valorar esfuerzo, actitud, capacidad y bien del
equipo.
También aparece la
justicia cuando se reconoce una falta. Si un jugador comete una infracción y el
árbitro la sanciona correctamente, no está “fastidiando el partido”;
está protegiendo el juego. Sin reglas justas, el deporte deja de ser deporte y
se convierte en una pelea con equipación.
Justicia
en la familia
La familia es una
escuela diaria de justicia, aunque no siempre se diga así. Pensemos en las
tareas de casa. Si todos viven en la misma casa, pero siempre recoge la misma
persona, siempre cocina la misma persona y siempre limpia la misma persona,
algo no va bien. La justicia familiar no significa que todos hagan exactamente
lo mismo, sino que cada uno asuma lo que le corresponde según su edad, fuerzas
y responsabilidades.
También sucede con
los hermanos. Si uno rompe algo y culpa al otro, no estamos ante una simple
travesura simpática. Hay una injusticia, porque se carga sobre un inocente una
responsabilidad que no es suya. Dar a cada uno lo suyo significa también no
atribuir culpas falsas.
O pensemos en el
cuidado de los mayores. Si varios hijos pueden colaborar y todo el peso cae
siempre sobre uno solo, quizá haya cariño, pero falta justicia. No basta decir:
“Es que tú tienes más paciencia”. La paciencia es una virtud, no una
condena perpetua. Lo justo es repartir responsabilidades de manera
proporcionada, realista y agradecida.
El
detalle decisivo:
Cada
uno
La expresión “dar
a cada uno lo suyo” contiene una palabra que no debe pasar desapercibida: Cada
uno.
La justicia no
trabaja con masas anónimas. No aplasta personas concretas en nombre de grandes
causas. No convierte al individuo en una pieza sacrificable dentro de un
proyecto colectivo. La justicia mira a cada persona, a cada caso, a cada
relación.
Esto es muy
importante. Hay injusticias que se esconden detrás de palabras muy bonitas. A
veces se invoca el bien del grupo, la eficacia, la institución, la tranquilidad
general o la conveniencia del momento para negar a una persona concreta lo que
le corresponde.
Pero una justicia
que atropella a alguien en nombre de una causa noble deja de ser justicia.
Puede tener buen cartel, pero no buen fundamento.
El jurista debe
tener una mirada fina. Los conceptos, los sistemas y las teorías sirven si
ayudan a descubrir lo justo en cada caso. Pero si sirven para tapar la
realidad, endurecer la solución o olvidar a la persona concreta, se convierten
en un obstáculo.
Justicia
y reparto
También conviene
aclarar otra cuestión. La justicia no consiste en repartirlo todo desde cero
según lo que a cada época le parezca más atractivo. La justicia actúa sobre
aquello que ya corresponde a alguien por un título verdadero: naturaleza,
ley justa, pacto, costumbre legítima, obligación, cargo o relación jurídica.
Naturalmente,
puede haber repartos injustos. Y entonces habrá que corregirlos. Pero serán
injustos porque lesionan derechos verdaderos, no simplemente porque a alguien
no le guste cómo están distribuidas las cosas.
Pensemos en una
plaza de garaje. Si pertenece a un vecino concreto, otro no puede ocuparla
porque “total, estaba vacía”. Que esté vacía no la convierte en común.
Lo justo no depende de quién llega con más prisa, sino de a quién corresponde
realmente ese lugar.
Lo mismo pasa con
una herencia, un contrato, una deuda, un cargo o una responsabilidad. La
pregunta no es: “¿Qué me gustaría a mí?”. La pregunta es: ¿Qué
corresponde realmente según derecho?
La justicia no es
una excusa para reorganizarlo todo a capricho. Es una virtud precisa que reconoce,
respeta, restituye o protege lo que corresponde a cada uno.
Ni
más ni menos
La fórmula clásica
es sobria: La justicia da a cada uno lo suyo, ni más ni menos.
Dar menos de lo
debido es injusticia. Pero dar más de lo debido ya no pertenece estrictamente a
la justicia. Puede ser generosidad, caridad, solidaridad, misericordia o ayuda
fraterna. Y todo eso es muy necesario. Pero no conviene mezclarlo todo.
La justicia no lo
es todo. No sustituye a la caridad. No garantiza por sí sola la felicidad. No
resuelve todos los sufrimientos humanos. Pero sin justicia, la vida común se
rompe.
Una comunidad sin justicia se vuelve peligrosa, porque quien no recibe lo suyo queda a merced del poder, del abuso o de la indiferencia. Y donde se niega lo que corresponde a cada persona, tarde o temprano se pierde la confianza.
También
en la Iglesia
Todo esto ilumina
mucho la vida de la Iglesia. También en la comunidad eclesial hay derechos,
deberes, competencias, responsabilidades, procedimientos y garantías. Y todo
eso no es frialdad burocrática. Es justicia concreta.
Un fiel no debe
ser tratado arbitrariamente. Una víctima debe ser escuchada y protegida. Un
acusado tiene derecho de defensa. Un matrimonio merece un proceso serio y
verdadero. Un párroco tiene responsabilidades y límites. Un Obispo tiene
potestad, pero no poder caprichoso. Un expediente matrimonial no puede
convertirse en puro trámite sin alma ni verdad.
Pensemos en una
pareja que quiere casarse. El expediente matrimonial no está para molestar ni
para llenar papeles porque sí. Está para proteger la verdad del consentimiento,
la libertad de los contrayentes y la realidad del sacramento. Hacerlo mal,
deprisa o sin cuidado no es pastoralmente más cercano; puede ser jurídicamente
injusto y pastoralmente irresponsable.
O pensemos en un
fiel que presenta una petición legítima. No puede ser tratado como una molestia
administrativa. Tiene derecho a ser escuchado, a recibir una respuesta y a no
quedar perdido en un cajón, ese lugar misterioso donde tantas cosas humanas parecen
entrar en estado de hibernación.
El derecho
canónico no existe para enfriar la pastoral. Existe para que la pastoral no
se convierta en arbitrariedad con palabras amables.
Una
asociación de fieles en la parroquia
Un ejemplo muy
útil es el de una asociación de fieles o un movimiento eclesial que desea
colaborar en una parroquia. Sus miembros no son simples “invitados tolerados”.
Por el bautismo, los fieles tienen el deber y el derecho de colaborar en la
misión evangelizadora de la Iglesia. También tienen derecho a vivir una
espiritualidad propia, siempre que sea conforme con la doctrina de la Iglesia,
y a asociarse para fines de caridad, piedad o apostolado. Esto se recoge
especialmente en los cc. 211, 214, 215 y 216 del Código de Derecho Canónico.
Ahora bien, ese
derecho no significa que cualquier grupo pueda actuar en una parroquia concreta
como quiera, cuando quiera y sin coordinación. La parroquia no es un local de
libre reserva ni un conjunto de salas disponibles para quien llegue primero con
más entusiasmo. La parroquia es una comunidad de fieles confiada al cuidado
pastoral de un párroco, bajo la autoridad del Obispo diocesano.
Por eso hay que
reconocer lo suyo de cada parte. A la asociación le corresponde ser
escuchada, vivir legítimamente su espiritualidad, proponer iniciativas
apostólicas y no ser excluida arbitrariamente.
Al párroco le
corresponde cuidar la comunión parroquial, ordenar la acción pastoral concreta,
discernir la oportunidad de las iniciativas, velar por la doctrina, coordinar
espacios y actividades, y procurar que todo se haga en comunión con la Iglesia
y con el bien de la comunidad.
A la comunidad
parroquial le corresponde recibir una pastoral ordenada, católica, vivir en
comunión y no sometida a tensiones, improvisaciones o protagonismos
particulares.
Por tanto, no
sería justo decir: “Como el movimiento tiene derecho a evangelizar, el
párroco debe dejarle actuar sin más”. Pero tampoco sería justo decir: “Como
el párroco tiene autoridad, puede cerrar la puerta sin razones objetivas”.
La pregunta justa
sería otra: ¿Hay una razón objetiva, proporcionada y eclesial para impedir o
limitar esa presencia concreta en la parroquia?
Si la asociación
actúa en comunión, tiene reconocimiento legítimo, respeta la doctrina, acepta
la coordinación parroquial y ofrece una propuesta seria, una negativa basada
solo en gustos personales, miedo a perder protagonismo o simple desconfianza
hacia los laicos podría ser injusta y pastoralmente pobre.
Pero si el grupo
pretende actuar sin coordinación, imponer su estilo, monopolizar la vida
parroquial, dividir a la comunidad, saltarse normas diocesanas o usar el nombre
de la Iglesia sin la aprobación debida, el párroco no solo puede intervenir:
debe hacerlo.
Aquí se ve muy
bien qué significa la justicia: No dar la razón automáticamente a quien
grita “tengo derecho”, ni al que responde “aquí mando yo”, sino
reconocer lo que corresponde a cada uno según verdad, comunión y derecho.
La justicia
eclesial no abre todas las puertas sin discernimiento ni las cierra por puro
gusto personal. Busca ordenar los dones para que sirvan a la comunión y a la
misión.
Caridad
y justicia
no
son enemigas
A veces se piensa
que cuanto menos Derecho haya en la Iglesia, más pastoral será todo. Suena
bonito, pero es peligroso. Una pastoral sin justicia puede parecer cercana en
las formas y, sin embargo, ser injusta en los hechos.
La caridad
cristiana no pisa la justicia. La presupone, la purifica y la lleva más lejos.
Pero no la destruye.
La misericordia no
autoriza a tratar arbitrariamente a las personas. La comunión no justifica
apagar derechos concretos. La eficacia pastoral no permite saltarse garantías.
El bien de la Iglesia no puede usarse como excusa para no dar a cada uno lo
suyo.
Donde se respeta lo suyo de cada persona,
la comunión respira mejor.
Donde se ignora,
aparecen heridas, abusos, desconfianza y sufrimiento.
La
pregunta que sostiene todo
Al final, la
justicia obliga a una pregunta sencilla y exigente:
¿Qué corresponde a esta persona,
aquí y ahora?
Responder bien
exige estudio, prudencia, honradez y atención a la realidad. No basta con
buenas intenciones. No basta con citar normas. No basta con repetir grandes
palabras.
La justicia
empieza cuando se reconoce a cada persona concreta y se le da lo que
verdaderamente le corresponde. Por eso, una comunidad justa no es la que más
habla de justicia, sino la que la practica detalle a detalle, caso a caso,
persona a persona. Donde se respeta lo suyo de cada uno, la convivencia
respira.
Donde se niega,
aunque sobren discursos hermosos, empieza la injusticia.


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